EL DIOS DE ELÍAS

(Un extracto del libro “Sentados, Andando, Firmes“)

Por Watchman Nee
Traducido por Wesley E. Jones

Permíteme compartir una experiencia personal…
Los días feriados del año nuevo [en China] son largos, durando quince días completos. Además de ser un tiempo propicio para una convención, también es el mejor tiempo para la predicación del evangelio. Después de buscar la mente de Dios, nos quedó claro que él deseaba que usáramos ese tiempo para esto último. Así que planeamos llevar con nosotros a cinco hermanos a una visita de quince días para predicar el evangelio en una isla cerca de la costa sur de China. En el último momento, un hermano joven, a quien llamaré “Hermano Wu” se unió al grupo. Solo tenía dieciséis años de edad y había sido expulsado de la escuela, pero recientemente había nacido de nuevo y hubo un cambio marcado en su vida. Además estaba muy ansioso de venir, así que, después de alguna vacilación, accedí a llevarlo. Con él éramos siete en total.

La isla era bastante grande con una aldea principal de “seis mil estufas”. Un ex-compañero mío de clases era el director de la escuela de la aldea. Le había escrito con anticipación pidiéndole alojamiento del 1ro al 15 de enero, pero cuando llegamos tarde en la noche, y en oscuridad, se negó a acomodarnos cuando supo que veníamos a predicar el evangelio. Así que buscamos a través de la aldea un lugar para quedarnos, hasta que, eventualmente, un herborista chino tuvo misericordia de nosotros y nos recibió, arreglando un lugar bastante cómodo sobre tablas y paja en el ático de su casa.

No pasó mucho tiempo antes que el herborista fuera nuestro primer convertido. Sin embargo, aunque laboramos duro y sistemáticamente, y aunque hallamos que los lugareños eran muy corteses, tuvimos muy poco fruto en la isla, y empezamos a preguntarnos porqué.

El nueve de enero estábamos predicando afuera. El hermano Wu y otros estaban en cierta parte de la isla y repentinamente Wú preguntó públicamente: “¿Por qué ninguno de vosotros quiere creer?” Alguien en la multitud respondió de inmediato: “Tenemos un dios -uno solo- Ta-wang [“Gran Rey”], y él nunca nos ha fallado. Es un dios efectivo”. “¿Cómo saben que pueden confiar en él?”, preguntó Wu. “Hemos tenido el festival de su procesión cada año en enero por 286 años. El día señalado es revelado de antemano por adivinación y cada año sin falta su día es perfecto sin lluvia o nube,” fue la respuesta. “¿Cuando es la procesión este año?” “Está fijado para el día once a las ocho de la mañana”. “Entonces,” dijo el hermano Wu impetuosamente, “les prometo que ciertamente lloverá el día 11”. De inmediato hubo un clamor de la multitud: “¡Suficiente! ¡No queremos oír más prédica. Si hay lluvia el día 11, entonces tú Dios es Dios!”

Yo estaba en otro lado de la isla cuando esto ocurrió. Tan pronto lo oí vi que era un asunto sumamente serio. Las noticias volaron como fuego en la pradera, y pronto más de veinte mil personas estaban enteradas. ¿Qué debíamos hacer? Dejamos de predicar de inmediato para entregarnos a la oración. Le pedimos al Señor que nos perdonara si nos habíamos excedido. ¡Estábamos entregados en oración en serio! ¿Qué habíamos hecho: un terrible error, o nos atreveríamos a pedirle a Dios un milagro?

Cuanto más deseas una respuesta de Dios, más deseas estar claro con él. No debe haber duda alguna de comunión, ni una sobra de duda. No nos importaba ser echados si hubiésemos hecho algo malo. Después de todo, no puedes arrastrar a Dios a algo en contra de su voluntad. Sin embargo, pensamos, esto sería el fin del testimonio del evangelio en la isla y Ta-Wang reinaría supremo para siempre. ¿Qué debíamos hacer? ¿Retirarnos?

Hasta ese momento habíamos temido orar pidiendo lluvia. Entonces, repentinamente, me vino esta palabra: “¿Dónde está el Dios de Elías?” Llegó con tal claridad y poder que supe que era de Dios. Confiadamente anuncié la respuesta a los hermanos: “Tengo la respuesta. El Señor enviará lluvia el día 11.” Juntos, lo alabamos, y luego, con alabanza, los siete salimos, y se lo dijimos a todos. Podíamos aceptar el reto del diablo en el nombre del Señor, y publicaríamos nuestra aceptación.

Esa tarde el herborista hizo dos observaciones muy puntuales. Sin duda, dijo, Ta-Wang era un dios efectivo. El diablo estaba con esa imagen. La fe en él no era sin fundamento. Si prefiere una explicación más racional, esta era una aldea de pescadores. Eran hombres acostumbrados a estar dos o tres meses en alta mar y el día 15 saldrían otra vez. Ellos, de todas las personas, deberían saber por experiencia si llovería o no con dos o tres días de anticipación.
Esto nos perturbó. Al ir a nuestras oraciones vespertinas, empezamos una vez más a pedir lluvia ahora! Entonces vino una firme reprensión del Señor: “¿Dónde está el Dios de Elías?” ¿Íbamos a pelear esta batalla a nuestra manera, o descansar en la victoria ya ganada de Cristo? ¿Qué hizo Eliseo cuando pronunció esas palabras? Había reclamado en su propia experiencia el mismo milagro que su señor Eliseo, ahora en gloria, había hecho. En términos nuevotestamentarios, él se estaba parando firme, por fe, sobre el terreno de una obra terminada.

Confesamos nuestro pecado otra vez. “Señor,” dijimos, “no necesitamos lluvia sino hasta la mañana del día 11. Nos fuimos a dormir, y la mañana siguiente nos fuimos a una isla cercana para un día de predicación. La gracia del Señor estuvo con nosotros y ese día tres familias se convirtieron a él, confesándole públicamente y quemando sus ídolos. Regresamos tarde, cansados pero regocijados. Podíamos darnos el lujo de dormir hasta tarde mañana.

Los rayos directos del sol a través de la única ventana del ático me despertaron. “Esto no es lluvia!”, dije. Ya eran pasadas las siete. Me levanté, me arrodillé y oré. “Señor,” dije, “¡por favor manda la lluvia!” Pero una vez más, resonaron en mis oídos las palabras: “¿Dónde está el Dios de Elías?” Humillado, baje la escalera en silencio. Nos sentamos a desayunar —los ocho, incluyendo nuestro anfitrión— en completo silencio. No había una sola nube en el cielo, pero sabíamos que teníamos el respaldo de Dios. Al orar dando gracias por la comida, dije, “Pienso que ya es hora. El tiempo se ha cumplido. La lluvia tiene que venir ahora. Podemos presentárselo al Señor”. Calmadamente, así lo hicimos, y esta vez la respuesta vino sin vestigio alguno de reproche.

“¿Dónde está el Dios de Elías?” Aún antes de nuestro ‘Amén’ escuchamos algunas gotas en las tejas. Había una llovizna constante mientras comíamos nuestro arroz y nos servimos otra taza. “Demos gracias otra vez,” dije, y ahora le pedimos a Dios una lluvia más copiosa. ¡Al comenzar el siguiente plato la lluvia caía a cántaros! Cuando terminamos, la calle estaba inundada y cubría los tres primeros escalones a la puerta.

Pronto escuchamos lo que sucedió en la aldea. Con la primera gota de lluvia, algunos de las generaciones más jóvenes empezaron a decir abiertamente: “¡Hay un Dios, no hay más Ta-Wang! ¡La lluvia lo mantiene encerrado!” Pero no fue así. De todos modos lo sacaron en su silla de manos. ¡Sin duda él detendría la lluvia! ¡Entonces vino el diluvio! Después de solo diez o doce yardas, tres de los que lo cargaban tropezaron y cayeron. La silla se vino abajo y Ta-Wang con él, fracturando su quijada y brazo izquierdo. Aún determinados, hicieron reparaciones de emergencia y volvieron a colocarlo en su silla. De algún modo, resbalando y tropezando, lo arrastraron a la mitad de la aldea. Entonces fueron derrotados por la inundación. Algunos de los ancianos, hombres de 60 a 80 años, sin gorra ni paraguas, como su fe en Ta-wang requería, se habían caído y estaban en serias dificultades. Se detuvo la procesión y el ídolo llevado a una casa. Hicieron consulta por adivinación. “Hoy era el día equivocado”, fue la respuesta. “El festival debe ser el día 14 y la procesión a las seis de la tarde”.

Tan pronto lo oímos vino la seguridad a nuestros corazones: “Dios enviará lluvia el día 14.” Oramos: “Señor, envía lluvia el día 14 a las 6 pm y por mientras danos cuatro días perfectos sin lluvia”. Esa tarde el cielo quedó claro y ahora escucharon de buena gana el evangelio de nuestros labios. El Señor nos dio más de 30 convertidos –verdaderos– en la aldea y en la isla durante esos tres días. El día 14 llegó, otro día perfecto, y tuvimos buenas reuniones evangelísticas. Al llegar la tarde nos reunimos, y nuevamente, presentamos el asunto al Señor en oración. Ni un minuto tarde, la respuesta vino como torrencial aguacero con inundaciones como antes.

Al día siguiente nuestro tiempo terminó y tuvimos que irnos. No hemos regresado. Otros obreros han reclamados esas islas … Para nosotros el punto esencial fue que el poder de Satanás en ese ídolo fue quebrado y eso es de valor eterno. Ta-wang no sería ya más “un dios efectivo”.

La impresión sobre todos nosotros fue duradero. Habíamos probado autoridad en el Nombre que es sobre todo nombre. El Nombre que tiene poder en el cielo y en la tierra y el infierno. En esos pocos días habíamos probado, como decimos, estar “en el centro de la voluntad de Dios”. Esas palabras ya no eran algo vago o visionario para nosotros. Describían una experiencia que habíamos atravesado. Juntos tuvimos el privilegio de un breve vistazo del “misterio de su voluntad” (Efesios 1:9, 3:10).

Años después, me encontré con el “hermano Wu.” Había perdido el contacto con él y en ese tiempo se había convertido en piloto. Cuando le pregunté si aún seguía al Señor, me respondió: “Sr. Nee, ¿después de todo lo que atravesamos cree que alguna vez podría dejarle?