El Error de Urashima Taro

“El tiempo es la moneda de tu vida. ¡Es la única que tienes y sólo tú puedes determinar como se gastará!” – Carl Sandberg

En el prólogo de mi libro Mi Pirámide de Efectividad incluyo un interesante cuento tradicional japonés que narra la historia de Urashima Taro.

20140222-051917-a.m. El Error de Urashima Taro
Taro era un pescador que salvó a una pequeña tortuga de unos niños que la estaban molestando tirándole piedras. Días después, mientras pescaba en alta mar, la mamá tortuga se acercó para decirle que a causa de su bondad había recibido una invitación para conocer a la Princesa del Mundo Submarino. Motivado por la curiosidad, Urashima se montó sobre el cascarón de la tortuga y fue llevado al palacio submarino de la Princesa. Taro se divirtió mucho en el mundo submarino, pero pronto empezó a extrañar a los suyos, por lo que pidió regresar a casa. La Princesa le regaló un cofre con la instrucción de NO abrirlo. Cuando Urashima regresó a su pueblo, encontró todo muy cambiado. Al llegar a su casa encontró que sólo vivía allí una pareja de ancianos. Para su asombro, descubrió que el anciano ¡era su propio hijo que había dejado siendo un bebé! Él pensaba que sólo había pasado una o dos semanas en el mundo submarino, pero en tierra ¡habían transcurrido más de setenta años! Sus padres y todos sus amigos habían muerto hace mucho, mucho tiempo. Triste y desconsolado, decidió abrir el cofre que le había regalado la princesa y enseguida se transformó de un joven lozano de veintitantos años ¡en un anciano decrépito de más noventa!

Francamente no entiendo como una historia tan trágica puede ser el favorito de tantos niños japoneses, pero lo uso para ilustrar una tragedia que no es un cuento: la de millones de personas que – como Taro – llegan al final de sus vidas sin haber vivido. Sin haber cumplido o siquiera descubierto la razón de su existencia.

Años atrás me encontré estudiando el siguiente pasaje:
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor”. Efesios 5:15-17

Aunque lo había leído muchas veces y aun memorizado, en esa ocasión me impactó como si me hubieran golpeado con un tubo. La frase “por tanto” parecía saltar del texto. Indica que hay una conexión clara y lógica entre aprovechar bien el tiempo y conocer la voluntad de Dios. Entonces lo vi: ¡si voy a aprovechar bien el tiempo tengo que entender la voluntad de Dios!

La falta de tiempo nunca es el problema. En ese sentido, todos somos iguales, porque todos tenemos exactamente 24 horas al día cada día no importa si somos presidente o “piedrero”, millonario o mendigo, panameño o polaco. El problema, repito, no es la falta de tiempo sino la falta de dirección; entender claramente lo que Dios quiere que haga. Pues Él siempre nos dará tiempo para hacer Su voluntad.

Por lo tanto, si queremos aprovechar el tiempo en algo de valor eterno, el primer paso de sabiduría es elevar la mirada hacia arriba – hacia Dios- y descubrir qué es lo que Él quiere que hagamos.

Cuando Pablo fue convertido su primera pregunta fue: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6). Esa fue la razón por la cual, en un marcado contraste con Taro, el apóstol terminó su carrera con este canto de victoria: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” (2 Timoteo 4:7).

¿Qué hay de ti? ¿Terminarás como Taro o como Pablo?

¡Bendiciones!

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