El poder de una sola persona

“No sigas a la multitud. ¡Deja que la multitud te siga a ti!” ~ Margaret Thatcher

El presidente Ronald Reagan contó esta interesante anécdota durante el Desayuno Anual de Oración el 2 de febrero de 1984:
El poder de la oración se puede ilustrar con una historia que data del siglo cuarto después de Cristo. Un monje asiático vivía en una pequeña aldea remota pasando la mayor parte su tiempo en oración y cuidando el jardín de donde obtenía su sostén. Su nombre era Telémaco. Un día sintió que escucho la voz de Dios diciéndole que fuera a Roma. Creyendo que escuchó lo que escucho, partió. Llegó semanas después, habiendo viajado la mayor parte a pie.
Era el tiempo de festival en Roma. Estaban celebrando un triunfo sobre los godos. Él siguió la multitud hasta el coliseo y en medio de la multitud escuchó a los gladiadores acercarse al emperador y decir: “Nosotros que estamos a punto de morir, ¡te saludamos!” Para su horror, se dio cuenta de que estaban a punto de pelear hasta la muerte para deleitar a la multitud. Él clamó: “En el nombre de Cristo, ¡deténganse!” Pero su voz se perdió en el tumulto en el gran Coliseo.
Al comenzar los juegos, se movió entre la multitud hasta llegar al muro el cual trepó y se dejó caer sobre la arena del Coliseo. De repente, la gente vio esta pequeña figura llegando a los gladiadores y diciéndoles una y otra vez: “En el nombre de Cristo: ¡Deténganse!” Al principio, pensaban que era parte del espectáculo y les causó gracia, pero cuando se dieron cuenta de que no era así, se enojaron. Mientras, Telémaco seguía rogando a los gladiadores “¡En el nombre de Cristo, ¡deténganse!”. De repente, uno de los luchadores le entierra su espada. Herido de muerte, Telémaco cae de rodillas y con su último aliento dice: “En el nombre de Cristo, ¡deténganse!”.

 img_3193 El poder de una sola persona 
Entonces, algo extraño sucedió: los gladiadores se detuvieron mirando el pequeño cuerpo tirado en la arena. Un silencio total invadió a todo el Coliseo. Luego, alguien se levantó y se fue, y luego otro, y otro. Pronto, el estadio quedó vacío, todos yéndose en completo silencio. Esa fue la última batalla entre gladiadores en el Coliseo Romano. Nunca más hubo batallas a muerte allí para entretener a las multitudes. 
Una pequeña voz que apenas podía oírse sobre la multitud: “En el nombre de Cristo, ¡deténganse!”. Es algo que nosotros podemos decir unos a otros a través de mundo hoy. 
Hasta aquí las palabras del Presidente Reagan.  
Probablemente, tú no sientes un llamado a sacrificar tu vida por alguna causa meritoria. Pero sin duda has enfrentado momentos en que sientes que eres el único que está en desacuerdo con algo que consideras que está mal y que debes levantar tu voz para expresar tu punto de vista.   
Demasiadas veces permitimos que aquellos que nos rodean determinen nuestra manera de pensar y nos encontramos simplemente amoldándonos a la multitud. Fácilmente, las normas y valores del mundo pueden influir sobre nuestros hábitos y prácticas. Pero Dios nos llama a ser distintos y diferentes del mundo: 
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” 

Romanos 12:2
Ser distinto requiere rechazar la influencia del mundo y deliberadamente alinear nuestra manera de pensar a la de Dios. Cuando esto ocurre, su voluntad para ti, agradable y perfecta, se hará evidente. 
Esta clase de determinación, como lo ilustra la historia de Telémaco, es poderosa. Tú no sabes cómo Dios puede usar tu decisión para influir positivamente en la vida de otros. 
Permíteme desafiarte a pensar diferente hoy: ¿A qué te está llamando el Señor a pensar distinto a los que te rodean?
¡Bendiciones!

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