ESCUCHANDO LA VOZ DE DIOS

“Una vez alguien le preguntó a Juana de Arco porque Dios sólo le hablaba a ella. Ella respondió: Amigo, usted está equivocado. Dios habla a todos; yo solo escucho.”

Cada día enfrentamos decisiones difíciles y no estamos seguros de qué hacer. ¿No sería agradable poder hacer una llamada telefónica al cielo para estar seguro de que vamos en la dirección correcta? ¿Cómo podemos saber que estamos haciendo lo que Dios quiere? ¿Cómo es y qué se siente escuchar la voz de Dios?

Conocer la voluntad de Dios nunca es sencillo porque, como en toda comunicación, está sujeto a interferencia causada por el ruido. Ruido proveniente de nuestros propios deseos, ruido proveniente de los deseos de otras personas, ruido proveniente del enemigo de nuestras almas.

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La característica de un buen receptor es su capacidad de filtrar el ruido y reproducir sólo la señal deseada. ¿Cómo podemos aprender a sintonizar nuestra mente y corazón a la voz de Dios?

En los tiempos en que no había refrigeradora, durante el invierno, la gente en los países del norte solía cortar grandes trozos de hielo del río congelado para guardarlos en una casa especial con paredes gruesas, sin ventanas y una puerta hermética. El aserrín se usaba como aislante térmico para evitar que se derritieran en la primavera. A veces lograban durar hasta el verano. En una ocasión, un hombre perdió un valioso reloj mientras estaba limpiando una de esas casa de hielo con otros trabajadores. Buscaron infructuosamente a través del aserrín, aún con un rastrillo, pero no lo encontraron. Un niño que oyó de la búsqueda infructuosa entró en la casa y pronto salió con el reloj. Sorprendidos, le preguntaron cómo lo había encontrado tan pronto. El respondió: “Cerré la puerta. Me quedé acostado quietecito en el aserrín ¡y pronto oí el tic-tac del reloj!”

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”, dice Salmo 46:10. A menudo estamos esperando alguna experiencia espectacular y grandiosa para decir que Dios nos habló. Pero a menudo Él nos habla a través de ese silbo delicado y apacible (1Rey. 19:12-13). Puede ser una convicción interna en tu corazón mientras lees una porción bíblica, o al dar un paseo, o mientras admiras la naturaleza. Dios quiere hablarnos y quiere tener comunión con nosotros. Pero eso requiere estar quietos y sintonizar nuestro oído a su voz.

¿No deseas oír su voz? Tome tiempo hoy para leer y meditar en su Palabra y estar quieto en su presencia. Comienza con esta sencilla oración: “¡Habla, Señor, porque tu siervo oye!” (1Sam. 3:10).

¡Bendiciones!

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