Category: Espiritualidad

¡Deja de volver a ese pozo seco!

Imagina que caminas una vez más hacia un pozo que conoces desde hace años. Antes de llegar, ya sabes lo que vas a encontrar: está seco. Lo has comprobado muchas veces. Aun así, llevas el balde.

Lo bajas lentamente, esperando escuchar el sonido del agua. Pero solo encuentras silencio. Cuando vuelves a subirlo, regresa vacío… otra vez.

Entonces, ¿por qué continúas regresando?

Porque una parte de ti alberga la esperanza de que “tal vez esta vez será diferente”.

Así ocurre con algunas de nuestras heridas emocionales. Volvemos una y otra vez a la misma persona esperando recibir finalmente su aprobación, su afecto, su atención o una disculpa sincera. Quizás se trate de un padre o una madre. Tal vez sea una relación importante en la que llevas años esperando una respuesta diferente.

Y cada vez piensas: “Quizás ahora sí. Tal vez, si me esfuerzo más, si encuentro las palabras correctas o si tengo un poco más de paciencia, esta vez será distinto”.

Pero el balde vuelve a subir vacío.

Esto no significa necesariamente que estés haciendo algo mal. A veces, la realidad más difícil de aceptar es que esa persona sencillamente no posee la capacidad, la disposición o la madurez necesaria para ofrecerte lo que estás buscando.

El problema no es que tengas sed. El problema es que sigues buscando agua en un pozo que no puede dártela.

En Jeremías 2:13, Dios describió la tragedia de su pueblo:

“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”.

El pueblo se había apartado de la única fuente verdadera de vida y había puesto su confianza en depósitos que nunca podrían satisfacerlo.

Siglos después, Jesús retomó esta misma imagen cuando dijo:

“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Jesús no promete simplemente aliviar nuestra sed por un momento. Él ofrece convertirse en una fuente interior, constante y suficiente, que ninguna persona ni circunstancia puede reemplazar.

El contraste no puede ser más claro: mientras las cisternas humanas se agrietan y se vacían, Cristo ofrece una fuente que nunca se agota. Sin embargo, muchas veces seguimos buscando en otras personas lo que solo Él puede proveer plenamente: identidad, seguridad, amor incondicional y un sentido firme de valor personal. Las relaciones humanas son importantes, pero nunca fueron diseñadas para soportar todo el peso de nuestra alma.

Permanecer atados a un pozo vacío tiene un costo. Nos mantiene emocionalmente ligados a alguien que quizá nunca cambie. Consume nuestra energía, influye en nuestras decisiones y nos impide reconocer las relaciones saludables que Dios ha puesto a nuestro alrededor.

La sanidad emocional comienza cuando dejamos de negar que el pozo está seco.

Esto no significa que dejemos de amar a las personas, de orar por reconciliación o de mantenernos abiertos al cambio. Significa que las liberamos de la responsabilidad de convertirse en la fuente de nuestra plenitud. Lloramos lo que no recibimos, perdonamos cuando es necesario, establecemos límites sabios y volvemos a la Fuente de agua viva.

Tal vez hoy necesitas preguntarte: ¿A qué pozo vacío sigo regresando?

Reconócelo. Llora lo que perdiste y suéltalo.

Luego vuelve tu corazón hacia Aquel cuyas aguas nunca se secan. Tu sanidad no vendrá de bajar el balde una vez más dentro de una cisterna rota. Vendrá al descubrir que, en Dios, el agua viva que has estado buscando siempre ha estado disponible.

¡Bendiciones!

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Lo que los japoneses pueden enseñarnos sobre la unidad

Durante el último Mundial de fútbol hubo una imagen que sorprendió al mundo. Al terminar los partidos, mientras la mayoría de los aficionados abandonaban el estadio, los seguidores japoneses sacaban bolsas de basura y recogían los desperdicios de las graderías. Lo hacían después de ganar… y también después de perder. Cuando les preguntaron por qué, respondieron con sencillez: “Porque esa es nuestra cultura.”

La cultura no se impone con anuncios; se forma mediante hábitos repetidos hasta convertirse en algo natural.  Se revela en lo que hacemos cuando nadie nos lo exige.

Eso mismo ocurre en la iglesia. Pablo nos exhorta en Efesios 4:3 a estar “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. La unidad no se mantiene por accidente. Debe cultivarse intencionalmente hasta hacerse parte de nuestra cultura.

¿Cómo se construye una cultura de unidad? Practicando tres hábitos sencillos pero profundamente bíblicos.

Primero, resolver los conflictos con prontitud. Jesús dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto…” (Mateo 5:25). El tiempo rara vez sana los conflictos; normalmente los agrava. Cuanto menor sea el tiempo entre el problema y la conversación, más saludables serán nuestras relaciones.

Segundo, rechazar el chisme. Proverbios 16:28 nos advierte: “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.” El chisme divide amistades, destruye la confianza y debilita el testimonio de la iglesia. Una manera eficaz de combatirla es preguntar: ”¿Ya hablaste con esa persona?” En una cultura de unidad no hablamos delas personas; hablamos con las personas.

Tercero, perdonar rápidamente. Efesios 4:32 dice: “…perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

Como el arte japonés del Kintsugi, donde una vasija rota se restaura con oro, la gracia de Cristo puede transformar las grietas de nuestras relaciones en un testimonio de restauración. Una iglesia que perdona no es una iglesia sin heridas; es una iglesia donde la gracia de Cristo es más fuerte que las heridas.

Cada conversación, cada conflicto y cada ofensa nos presentan una decisión: alimentar la división o proteger la unidad. La cultura de una iglesia no se define solo por lo que se predica el domingo, sino por lo que sus miembros practican cada día.

La unidad no debe ser algo que recordemos solo cuando surgen los problemas. Debe ser el ambiente que respiramos, el lenguaje que hablamos, un valor que protegemos y la manera en que vivimos juntos como el pueblo de Dios.

¿Qué clase de cultura estás ayudando a construir?

¡Bendiciones!

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¿Hace cuánto dejaste de creer que las cosas pueden cambiar?

La sorprendente lección de Hechos 3 para quienes llevan años viviendo con la misma limitación.
 

“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
Hechos 3:6

¿Qué esperaba el cojo aquel día? Exactamente lo mismo que el día anterior, la semana anterior, el año anterior… y durante más de cuarenta años: unas monedas para sobrevivir un día más.  Nada más.  Cuarenta años viviendo con la misma limitación habían reducido sus expectativas (Hechos 4:22).

¿No nos sucede lo mismo?

Quizás llevas años luchando con una enfermedad, una herida emocional, un matrimonio difícil o una situación económica que parece no cambiar. Tal vez has comenzado a creer que así será siempre. Has aprendido a sobrevivir, pero ya no esperas una verdadera transformación.

Eso era exactamente lo que vivía aquel hombre.

Entonces apareció Pedro y pronunció las palabras que cambiarían todo:

“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…”

¿Qué fue lo que Pedro le dio?

No fue dinero. Tampoco fue poder propio, porque más adelante Pedro aclaró que el milagro no ocurrió por su poder ni por su piedad (Hechos 3:12).

Pedro le dio una razón para creer que, en el nombre de Jesucristo, podía intentar lo que jamás había creído posible.

Le dijo: “¡Levántate y anda!” Y, tomándolo de la mano, lo ayudó a dar ese primer paso de fe.

Hoy quiero hacer algo parecido contigo.

No me comparo con Pedro ni pretendo tener su autoridad apostólica. Pero sí quiero animarte a poner tus ojos en el mismo Jesucristo que transformó la vida de aquel hombre.

Tal vez tus limitaciones sean físicas. Quizás sean emocionales, espirituales, familiares o económicas. Cualquiera que sea tu situación, no permitas que los años de lucha definan lo que Dios puede hacer.

Jesús sigue siendo el mismo. Él no ha perdido ni un ápice de Su poder ni de su compasión.

Él vino “a dar buenas nuevas a los pobres… a sanar a los quebrantados de corazón… a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18).

Hoy quiero prestarte un poco de mi confianza en Jesucristo. Tal vez hoy tú no tengas fuerzas para creer, pero yo sí creo que Él puede intervenir en tu favor. No importa cuáles sean tus limitaciones, cuánto tiempo hayas vivido con ellas o cuán imposible parezca tu situación.  La voz de Cristo para ti sigue siendo la misma:

“¡Levántate y anda!”

¡Atrévete a desafía tus limitaciones!

 ¡Bendiciones!

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¿Quién te dijo eso?

Después que Adán pecó, se escondió de Dios. Cuando Dios lo llamó, Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (Génesis 3:10).

Entonces Dios le hizo una pregunta profunda: “¿Quién te enseñó que estabas desnudo?” (Génesis 3:11).

En otras palabras, Dios le estaba diciendo: “¿Desde cuándo tu desnudez es un problema?”

El capítulo anterior termina diciendo: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Génesis 2:25). Adán siempre había estado desnudo. No tenía nada que esconder delante de Dios. No tenía nada que esconder delante de Eva. Vivía en libertad, transparencia e inocencia.

Pero ahora algo había cambiado.

El problema no era simplemente que Adán estaba desnudo. El problema era que alguien le había dado una nueva interpretación de su desnudez. Alguien le hizo creer que ahora debía sentir vergüenza, miedo y necesidad de esconderse.

Por eso la pregunta de Dios es tan importante: ¿Quién te dijo eso?

Dios no solo estaba confrontando la conducta de Adán. Estaba confrontando el origen de su creencia.

Y esa sigue siendo una pregunta necesaria para nosotros hoy.

¿Cuántas ideas hemos aceptado como verdad sin detenernos a preguntar de dónde vinieron?

Tal vez has escuchado pensamientos como estos:

  • “No puedes.”
  • “No eres suficiente.”
  • “Dios no te ama.”
  • “Nadie te quiere.”
  • “Nunca vas a cambiar.”
  • “Eres un fracaso.”
  • “Tu vida no tiene propósito.”
  • “Dios no puede usar a alguien como tú.”

Pero antes de aceptar cualquier pensamiento como verdad, debes hacerte una pregunta: ¿Quién me dijo eso?

Porque no todo pensamiento que pasa por tu mente viene de Dios. No toda voz que escuchas merece tu confianza. No toda idea que parece cierta está alineada con la verdad de la Palabra de Dios.

La manera más efectiva de combatir los pensamientos negativos no comienza simplemente tratando de ignorarlos. Comienza identificando su origen.

¿De dónde salió esta idea?
¿Quién me enseñó a verme así?
¿Esto viene de Dios o viene de una mentira?

Y después de identificar la mentira, debemos reemplazarla con la verdad.

Jesús dijo:

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32).

La libertad comienza cuando la verdad de Dios confronta la mentira que hemos creído.

Por eso, no basta con decir: “Voy a dejar de pensar así.” Necesitamos reemplazar la mentira con la verdad de la Palabra de Dios.

Por ejemplo:

  • Rechazo el pensamiento: “Dios no me ama”, con la verdad: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
  • Reemplazo la mentira: “No puedo cambiar”, con la verdad: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).
  • Resisto la idea: “Mi vida no tiene propósito”, con la verdad: “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

La mentira esclaviza, pero la verdad libera.

La mentira te empuja a esconderte. La verdad te llama a salir a la luz.

La mentira te define por tu vergüenza. La verdad te define por lo que Dios dice de ti.

Por eso, la próxima vez que un pensamiento venga a acusarte, limitarte o alejarte de Dios, no lo aceptes automáticamente. Detente y pregunta:

¿Quién me dijo eso?

Si no viene de Dios, no lo recibas.

Rechaza la mentira y reemplázala con la verdad de Su Palabra. Esta semana identifica un pensamiento que te ha estado limitando, busca lo que Dios dice al respecto, créelo y decláralo.

La verdad de Dios sigue haciendo libres a los que permanecen en Su Palabra.

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Cuando la paz de Dios saca tarjeta roja

 

Hay momentos en un partido donde todo se detiene.

El jugador avanza. La multitud grita. La tensión sube. Pero, de repente, después de una jugada brusca, el árbitro levanta la tarjeta roja.

En ese instante, ya no importa la emoción del jugador, la presión del estadio ni la opinión de la multitud. El árbitro ha decidido: ese jugador no sigue en el partido.

Esa imagen nos ayuda a entender una verdad espiritual muy profunda:

“La paz de Dios gobierne en vuestros corazones…”
Colosenses 3:15

La palabra traducida como “gobierne” lleva la idea de alguien que dirige, decide o arbitra. En otras palabras, Dios quiere que Su paz funcione como un árbitro dentro de tu corazón.

No toda puerta abierta viene de Dios.

Una oferta de trabajo puede aparecer de la nada: más dinero, mejor posición, más beneficios… pero sin paz.

Una relación puede llegar justo cuando te sientes solo: atractiva, disponible, emocionante… pero alejándote de tus valores y de tu caminar con Dios.

Un socio de negocios puede hablar de grandes planes, grandes números y grandes oportunidades… pero sin integridad.

No confundas una puerta abierta con una bendición. A menudo, la diferencia entre una bendición y una trampa es la paz.

Una bendición puede asustarte, porque quizá te reta, te saca de tu zona cómoda o te exige fe. Pero no va a inquietar tu espíritu de una manera profunda.

Una trampa, en cambio, puede emocionarte. Puede parecer perfecta. Puede tener buen aspecto, buen “timing” y buena explicación. Pero algo dentro de ti simplemente no hace “click”.  No se siente bien.

Muchas personas ignoran esa inquietud porque la oportunidad parece demasiado buena como para dejarla pasar. Y así es como algunos terminan en el matrimonio equivocado, el negocio equivocado o el lugar equivocado.

Pero también ocurre lo contrario.

Puede que la oportunidad que estás contemplando esté llena de obstáculos. No todo se ve fácil. No todo está claro. No todo el mundo lo entiende. Sin embargo, en lo profundo de tu corazón hay una paz que no puedes explicar. Una seguridad quieta. Una convicción serena.

Es como si Dios susurrara:

“Este es el camino, andad por él.” Isaías 30:21

 

Ahora bien, la paz de Dios nunca contradice la Palabra de Dios.

No estamos hablando de usar “siento paz” como excusa para desobedecer. La paz de Dios siempre trabaja en armonía con la Escritura, con el carácter de Cristo y con la dirección del Espíritu Santo.

Por eso, antes de caminar por una puerta, no preguntes solamente: “¿Está abierta?”

Pregunta también: “¿Tengo paz?”

Porque no toda oportunidad es una invitación. Algunas son trampas con buena iluminación.

Deja que la paz de Dios sea el árbitro. Y cuando esa paz saque tarjeta roja, no discutas la decisión. Detente.

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Cuidado con los que dicen: “Dios me dijo que te dijera…”

“Dios me dijo que te dijera…”

Probablemente todos hemos escuchado esas palabras alguna vez.

Tal vez vinieron de una persona bien intencionada. Quizás de un líder espiritual. O incluso de un amigo sincero que estaba convencido de que Dios le había dado un mensaje para nosotros.

Pero surge una pregunta importante:

¿Qué debemos hacer cuando alguien afirma hablarnos de parte de Dios?

El peligro de prestar nuestra conciencia a otra persona

Existe una diferencia entre recibir consejo y entregar nuestra responsabilidad de discernir. Dios puede usar a otras personas para animarnos, corregirnos, advertirnos o confirmarnos algo. Vemos ejemplos de esto a lo largo de la Biblia. Sin embargo, Dios nunca espera que suspendamos nuestro juicio espiritual simplemente porque alguien pronunció las palabras: “Dios me dijo”.

Cuando eso ocurre, corremos el riesgo de confundir la voz de Dios con la opinión de una persona. Y esa es una diferencia enorme.

Dios guía, pero no controla

Observe cómo Dios trata a sus hijos en las Escrituras: Él guía. Él convence. Él corrige. Él confirma. Pero no manipula. La voz de Dios produce convicción, no coerción. La dirección de Dios genera fe, no intimidación. Cuando alguien intenta presionarnos usando la autoridad de “Dios me dijo”, debemos proceder con cautela.

La Biblia nos manda a examinar

La repuesta bíblica no es aceptar todo ciegamente ni rechazarlo automáticamente. La reacción bíblica es examinarlo.

La Escritura advierte: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1).

También nos exhorta: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Dios espera que pensemos, evaluemos y discernamos.

La fe bíblica nunca es credulidad ciega.

 

¿Qué hacer cuando alguien dice: “Dios me habló para ti”?

Considere estos cuatro pasos prácticos:

  1. Llévelo a Dios en oración

Ore sinceramente: “Señor, si esto viene de Ti, confírmalo. Si no viene de Ti, muéstramelo.”  No tenga miedo de esperar. Dios no está apurado.

  1. Compárelo con la Escritura

Dios jamás contradice Su Palabra o Su carácter.  Cualquier mensaje que contradiga claramente las Escrituras puede descartarse inmediatamente. La Biblia sigue siendo nuestra autoridad final.

  1. Permita que el tiempo haga su trabajo

Muchas veces la verdad se confirma con el paso del tiempo. No toda decisión requiere una respuesta inmediata. El apuro suele ser mala consejera.

  1. Busque consejo sabio

No personas que intenten controlar su vida. Si no creyentes maduros que te ayuden a acercarte más a Dios, no a depender más de ellos.

Cuando Dios realmente habla

Cuando Dios dirige a Sus hijos, el resultado no es esclavitud sino libertad.  No nos sentimos manipulados. Nos sentimos guiados. No nos sentimos controlados. Nos sentimos llamados.  La voz de Dios nos conduce a Su presencia, fortalece nuestra fe y produce una confianza tranquila que descansa en Él.

Por eso, la próxima vez que alguien diga: “Dios me dijo que te dijera…”, no se deje intimidar por el lenguaje espiritual.

Escuche con respeto. Ore con humildad. Examine cuidadosamente.

Y recuerde: Dios es perfectamente capaz de confirmar Su voluntad a aquellos que sinceramente desean obedecerle.

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¿Cómo puedo saber si Dios me está hablando?

¿Alguna vez has orado por dirección… y luego te has preguntado: “¿Fue Dios… o solo mi imaginación?”

Tal vez estabas frente a una decisión importante.
Tal vez necesitabas dirección urgente.
O quizás simplemente querías estar seguro de que no estabas actuando impulsivamente.

La verdad es que muchísimos creyentes viven con esa misma incertidumbre.

Aman a Dios.
Desean obedecerle.
Pero no saben cómo reconocer Su voz con claridad y confianza.

Y cuando no estamos seguros de cómo Dios guía… terminamos viviendo entre ansiedad, temor y confusión espiritual.

Pero aquí está la buena noticia:
Dios no juega a esconderse con Sus hijos.

EL PROBLEMA

Muchas personas imaginan la dirección de Dios como algo misterioso, confuso o reservado solamente para “cristianos súper espirituales”.

Por eso algunos terminan dependiendo únicamente de:

  • emociones,
  • impulsos,
  • señales extrañas,
  • coincidencias,
  • o impresiones subjetivas.

Otros hacen lo contrario:
Dejan de esperar dirección de Dios por completo porque temen equivocarse.

Pero ninguna de esas dos posturas es bíblica.

Dios desea guiarnos.
Y también desea que aprendamos a discernir Su voz correctamente.

UNA VERDAD BÍBLICA FUNDAMENTAL

La manera principal en que Dios habla es por medio de Su Palabra.

Jesús dijo:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
— Juan 10:27

Observe algo importante:
Jesús no dijo que Sus ovejas nunca tendrían dudas.
Dijo que Sus ovejas aprenden a reconocer Su voz.

Eso implica crecimiento.
Relación.
Discernimiento.

La voz de Dios nunca contradice la Palabra de Dios.

Por eso, mientras más conocemos las Escrituras:

  • más claridad tenemos,
  • más discernimiento desarrollamos,
  • y menos vulnerables somos al engaño.

Dios puede usar:

  • convicción del Espíritu Santo,
  • paz,
  • consejo sabio,
  • circunstancias,
  • o impresiones internas.

Pero todo debe ser filtrado por la verdad bíblica.

La Biblia es el ancla.

CONEXIÓN PASTORAL

He conocido creyentes sinceros que tomaron malas decisiones porque confundieron emociones intensas con la dirección de Dios.

También he conocido otros que vivían paralizados por miedo a equivocarse.

Pero he descubierto algo:
Dios es un Padre amoroso.

Él no está tratando de confundirnos.
Él desea guiarnos más de lo que nosotros deseamos ser guiados.

Muchas veces el problema no es que Dios no esté hablando…
es que aún estamos aprendiendo a reconocer Su voz.

Y eso toma tiempo, madurez y sensibilidad espiritual.


3 PASOS PRÁCTICOS

1. Sumérgete diariamente en la Palabra de Dios

La voz de Dios será más clara cuando tu mente esté llena de verdad bíblica.

2. Aprende a evaluar impresiones espirituales

No todo pensamiento viene de Dios.
Pregunta:

  • ¿Está alineado con la Escritura?
  • ¿Refleja el carácter de Cristo?
  • ¿Produce obediencia y santidad?

3. Camina cerca de Dios

La claridad espiritual crece en la relación diaria con Él.
La oración, obediencia y comunión desarrollan discernimiento.


LLAMADO A LA ACCIÓN

Si hoy te sientes confundido acerca de la dirección de Dios, no te rindas.

Dios todavía guía a Sus hijos.

Él no solo quiere salvarte…
también quiere dirigirte.

Comienza hoy:

  • abre tu Biblia,
  • busca Su presencia,
  • y aprende a reconocer Su voz con humildad y discernimiento.

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No desentierres con duda lo que sembraste con fe

Imagina a un niño sembrando una semilla… y luego desenterrándola todos los días para ver si está creciendo.  ¿Disfrutará ese niño algún día del fruto? Claro que no.

Sin embargo, muchas veces… hacemos lo mismo espiritualmente.

Nuestra responsabilidad es sembrar la semilla con fe por medio de la oración.  La responsabilidad de Dios es producir la cosecha. Pero a menudo olvidamos que entre la siembra y la cosecha… existe una temporada de espera.

Oramos una vez… y luego entramos en pánico.
Creemos un día… y dudamos al siguiente.
Confiamos en Dios por la mañana… y desenterramos la semilla con temor al caer la noche.

Por eso la Escritura nos advierte que no seamos de doble ánimo — inconstantes, como una ola sacudida por el viento. (Santiago 1:6-7)

La fe siembra la semilla. El temor la vuelve a desenterrar.

Algunas personas nunca experimentan la cosecha que Dios tenía para ellas porque la impaciencia da a luz al temor, la preocupación y la incredulidad.

Así que aquí está el desafío:

No desentierres con duda lo que sembraste con fe.

Tu tarea es permanecer quieto delante del Señor. Eso no significa pasividad ni irresponsabilidad. No significa dejar de actuar sabiamente. Es una postura del corazón. Es confianza paciente. Sigue firme. Sigue creyendo. Sigue regando la semilla con oración.

Y si te das cuenta de que el temor te llevó a desenterrar lo que una vez sembraste con fe, aquí están las buenas noticias: Dios se deleita en la misericordia.

La misericordia no es simplemente algo que Dios hace. La misericordia es parte de quién Él es.

Así que ven honestamente delante de Él y dile:

“Señor, permití que el temor tomara control. Dejé que la duda arrancara lo que la fe había sembrado. Por favor, redime esta situación.”

Entonces… vuelve a sembrar la semilla. Y confía en Él una vez más.

Gálatas 6:9
No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.

Traducido y adaptado de Wealth with God, Jim Baker, 2026

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¿Estancado por miedo a equivocarte con la voz de Dios?

Muchos cristianos sinceros se sienten estancados cuando se trata de oír la voz de Dios con claridad. Creen que Dios habla. Creen que ha hablado por medio de su Palabra, por medio de los profetas y, de manera suprema, por medio de su Hijo. Pero cuando llega el momento de tomar decisiones personales, una pregunta silenciosa surge en el corazón: ¿Cómo sé que realmente es Dios?

Ese temor es más común de lo que parece. Nadie quiere equivocarse. Nadie quiere confundir sus propios pensamientos, emociones o deseos con la dirección del Señor. Y precisamente por ese miedo, muchos permanecen indecisos, inseguros y espiritualmente paralizados.

Pero vivir así es peligroso. La vacilación prolongada roba paz, retrasa obediencia y enfría la sensibilidad espiritual. Hebreos 3:15 dice: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Observe la urgencia de esa palabra: hoy. Dios no nos llama a una vida de confusión permanente, sino a una relación en la que aprendemos a reconocer su voz y responder con fe.

La solución no es esperar una experiencia espectacular, sino acercarnos más a Dios con un corazón rendido, una Biblia abierta y una disposición seria a obedecer. A medida que caminamos con Él, su voz se vuelve más clara, no porque Él cambie, sino porque nuestro oído espiritual madura.

No te resignes a vivir atascado entre el miedo y la duda. Dios no solo quiere salvarte; también quiere guiarte. Aprender a reconocer su voz no es un lujo espiritual. Es una necesidad urgente para todo creyente que desea caminar en obediencia.

Hoy haz esta oración: “Señor, afina mi oído espiritual. Enséñame a reconocer tu voz y dame un corazón dispuesto a seguirte sin demora”.

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Deja de Aletear: ¡Abre tus Alas!

Águila volando con las alas abiertas.

¿Alguna vez has visto volar un águila? Es un espectáculo impresionante. No agita desesperadamente sus alas como una paloma asustada. Solo las extiende y deja que el viento la levante. Así alcanza alturas que ningún otro ave puede igualar. No se desgasta… se eleva.

Así también debería ser nuestra vida cristiana. Muchos creyentes se sienten agotados, cansados y sin gozo porque viven “aleteando” con sus propias fuerzas. Pero el gozo verdadero no viene del esfuerzo humano, sino del Espíritu Santo.

Proposición:

El gozo no es algo que producimos; es un fruto que el Espíritu Santo produce en nosotros cuando dejamos de depender de nuestras fuerzas y aprendemos a “planear” en las suyas.

1. El gozo no se fabrica, se recibe

La Biblia dice que “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz…” (Gálatas 5:22). Eso significa que el gozo no nace de nuestras circunstancias ni de nuestra disciplina emocional. Nace del Espíritu Santo habitando y actuando en nosotros. Cuando estás lleno del Espíritu, el gozo fluye naturalmente — incluso en medio de la dificultad.

Jesús prometió: “El agua que yo le daré será en él una fuente que salte para vida eterna.” (Juan 4:14). Esa fuente es el Espíritu Santo obrando desde dentro.

2. La gratitud activa el gozo

El Espíritu Santo te guía a cambiar la queja por gratitud. Efesios 5:18-20 nos exhorta a ser “llenos del Espíritu… dando siempre gracias por todo.” Cada vez que eliges agradecer, el Espíritu produce gozo. Las raíces del gozo crecen en el terreno de la gratitud.

Un ejercicio práctico: haz tu lista de gratitud. Escribe tres cosas por las que das gracias cada día. No tienen que ser grandes: la sonrisa de un hijo, el canto de un ave, un plato de arroz con huevo (¡o con la sazón de tu esposa si eres tan bendecido como yo!). Cuanto más agradeces, más consciente te vuelves de la presencia de Dios… y más gozo brota en ti.

3. El enfoque en Dios preserva el gozo

Pedro caminó sobre el agua mientras mantuvo su mirada en Jesús. Pero cuando se enfocó en el viento y las olas, se hundió (Mateo 14:30). Lo mismo nos pasa a nosotros. Isaías 26:3 dice: “Tú guardarás en completa paz (shalom) a aquel cuyo pensamiento en ti persevera.”

El Espíritu Santo te capacita para mantener tu mirada en Dios, recordándote sus promesas, sus victorias y su fidelidad. Por eso, construye tu arsenal espiritual: versículos que te fortalecen, himnos que te elevan, recuerdos de cómo Dios te ha sostenido, y tu lista de gratitud. Esas son tus alas para “planear” en la fuerza de Dios.

Resumen

El gozo no es producto del esfuerzo, sino del Espíritu. Cuando decides dejar de “alear” en tus fuerzas y permitir que el Espíritu Santo tome control, Él te eleva. El secreto no está en hacer más, sino en rendirte más.

Desafío práctico
  • Pídele hoy al Espíritu Santo que te llene y tome el control de tu vida.
  • Comienza tu lista de gratitud y actualízala cada día.
  • Identifica tres versículos o canciones que te recuerden la fidelidad de Dios y guárdalos en tu “arsenal espiritual”.

Deja de aletear. Extiende tus alas. Y permite que el viento del Espíritu te eleve hacia un gozo que no depende de las circunstancias.


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