Autor: admin

Dios es la fuente; lo demás son canales

Con frecuencia confundimos la fuente de nuestra provisión con el canal por el cual la recibimos. Pensamos que nuestro sustento proviene del salario, la pensión, el negocio, las inversiones o alguna ayuda inesperada. Sin embargo, todas estas cosas son solamente canales. La fuente suprema de nuestra provisión es Dios.

Un canal puede cambiar, reducirse o incluso cerrarse, pero la fuente permanece. Una empresa puede despedirnos, un negocio puede atravesar dificultades, una inversión puede perder valor y la economía puede deteriorarse. Nada de esto toma a Dios por sorpresa ni limita Su capacidad para sostenernos.

Jehová-Jireh: el Señor proveerá

En Génesis 22, Abraham enfrentó una situación que parecía no tener solución. Cuando Isaac preguntó dónde estaba el cordero para el sacrificio, su padre respondió:

«Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío».
—Génesis 22:8

En el momento preciso, Dios proveyó un carnero. Abraham llamó aquel lugar Jehová-Jireh, porque había comprobado personalmente que el Señor ve nuestras necesidades y provee para ellas.

Dios no siempre nos muestra anticipadamente cómo lo hará. Abraham vio la provisión mientras caminaba en fe y obediencia. De la misma manera, nosotros no necesitamos conocer de antemano el canal que Dios utilizará. Necesitamos confiar en la fuente.

Mi sustento no depende de la economía

La economía influye sobre nuestras circunstancias, pero no gobierna sobre Dios. Él está por encima de las recesiones, la inflación, el desempleo y las limitaciones humanas.

Por eso, nuestra confianza no debe descansar exclusivamente en un salario, una pensión o un negocio. Dios puede utilizar cualquiera de esos medios, pero también puede abrir nuevos canales que todavía no conocemos.

La promesa bíblica declara:

«Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús».
—Filipenses 4:19

Dios no suple nuestras necesidades conforme al tamaño de nuestra cuenta bancaria ni conforme al estado de la economía, sino conforme a Sus riquezas en gloria. Sus recursos son abundantes y Su capacidad de proveer no tiene límites.

Esto no significa que debemos actuar irresponsablemente. Confiar en Jehová-Jireh también implica trabajar con diligencia, administrar con sabiduría, controlar nuestros gastos, ahorrar cuando sea posible y evitar deudas innecesarias. La fe no sustituye la buena mayordomía; la inspira.

Confía en la fuente

Tal vez hoy uno de tus canales de provisión parece inseguro. No permitas que el temor te haga olvidar de dónde viene realmente tu ayuda. El canal puede cambiar, pero Dios continúa siendo fiel.

Declara con confianza:

«Señor, Tú eres Jehová-Jireh, mi fuente suprema de abundante provisión. Mi sustento no depende de la economía ni de las circunstancias, sino de Ti, que gobiernas sobre todas las cosas. Tú suples generosamente todas mis necesidades y las de mi familia, conforme a Tus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Los canales pueden cambiar, pero mi fuente nunca se agota».

¡Bendiciones!

AutoestimaLeave a commentLeave a comment

¿Dejaste tu billetera fuera del agua?

Cuenta una antigua leyenda que, durante la época de las cruzadas, algunos soldados eran bautizados antes de ir a la guerra. Al sumergirse, mantenían fuera del agua el brazo con el que sostenían la espada. Simbólicamente decían: «Señor, te entrego toda mi vida, excepto lo que haga con esta espada. De eso me encargo yo».

Tal vez nosotros nunca sostendríamos una espada fuera del agua, pero muchos hacemos algo parecido con nuestra billetera.

Le decimos a Dios: «Tú eres Señor de mi familia, mi salud, mi ministerio y mi futuro; pero de mis decisiones económicas me encargo yo».

Sin embargo, no podemos reconocer a Cristo como Señor de nuestra vida mientras excluimos nuestro dinero de Su autoridad.

Dios es el dueño de todo

La mayordomía comienza cuando reconocemos que realmente no somos dueños de nada:

«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan».
—Salmo 24:1

Nuestra vida, tiempo, capacidades, trabajo y recursos económicos le pertenecen a Dios. Incluso la capacidad para producir viene de Él:

«Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas».
—Deuteronomio 8:18

Somos administradores temporales de lo que Dios ha puesto en nuestras manos.

Un mayordomo puede usar, disfrutar y hacer producir los bienes de su señor, pero siempre debe recordar que tendrá que rendir cuentas. Por eso, en lugar de preguntar: «¿Qué quiero hacer con mi dinero?», deberíamos preguntar:

«Señor, ¿qué quieres que haga con los recursos que me has confiado?»

Esta pregunta debe orientar cómo ganamos, gastamos, ahorramos, invertimos, damos y ayudamos a otros.

Dios busca mayordomos fieles

La Biblia declara:

«Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel».
—1 Corintios 4:2

Dios no nos pedirá cuentas por lo que entregó a otra persona, sino por lo que puso en nuestras manos. La fidelidad no depende de cuánto tenemos. Podemos ser fieles con poco e irresponsables con mucho.

El buen mayordomo trabaja con diligencia, vive con contentamiento, evita gastos impulsivos, enfrenta responsablemente sus deudas, planifica con sabiduría y practica la generosidad.

La mayordomía tampoco consiste solamente en entregar una ofrenda. Dios no está interesado únicamente en el porcentaje que damos, sino también en la manera como administramos todo lo demás.

¿Qué estás dejando fuera del agua?

Quizás hemos entregado muchas áreas de nuestra vida a Dios, pero todavía mantenemos nuestra billetera fuera del agua. Pedimos Su provisión, pero tomamos decisiones económicas sin consultar Sus principios.

Hoy podemos comenzar con tres acciones concretas:

  1. Reconocer: Todo lo que tengo pertenece a Dios.
  2. Revisar: ¿Estoy administrando Sus recursos con fidelidad?
  3. Actuar: ¿Qué hábito económico debo cambiar?

Tal vez necesitemos preparar un presupuesto, controlar un gasto, cancelar una deuda, comenzar a ahorrar o ayudar a alguien necesitado.

No dejemos nuestra billetera fuera del agua. Entreguemos también nuestras finanzas al Señor y vivamos con una sola aspiración: escuchar algún día las palabras del Señor:

«Bien, buen siervo y fiel».
—Mateo 25:21

¡Bendiciones!

Espiritualidad4 Comments4 Comments

¿Qué tiene que ver este emparedado con tu sanidad?

Cuando escuchamos la palabra sanidad, con frecuencia pensamos solamente en el cuerpo. Y cuando hablamos de salvación, muchas veces pensamos únicamente en nuestra relación espiritual con Dios.

Pero ¿qué pasaría si ampliáramos nuestra manera de pensar?

La Biblia presenta una visión mucho más amplia. La palabra griega sōzō, utilizada en el Nuevo Testamento, puede comunicar las ideas de salvar, rescatar, liberar y sanar.

Este viernes quiero invitarte a participar conmigo en un taller especial por Zoom organizada por la Comunidad de Estudiantes Cristianos (CEC):

EL PRINCIPIO DE LA SANIDAD INTEGRAL

Cómo la verdad de Dios transforma TODA tu vida

Exploraremos seis dimensiones de nuestra vida en las que necesitamos experimentar la obra transformadora de Dios:

Espiritual. Emocional. Mental. Relacional. Física. Financiera.

¿Por qué es importante hablar de todas ellas?

Porque ninguna funciona completamente aislada de las demás. Lo que ocurre en nuestros pensamientos afecta nuestras emociones. Nuestras emociones pueden afectar nuestras relaciones y aun nuestro cuerpo. Nuestros hábitos y decisiones pueden afectar nuestras finanzas, nuestra familia y nuestro bienestar general.

Por eso, durante el taller no solamente hablaremos de qué áreas Dios quiere transformar, sino también de un principio práctico que encontramos repetidamente en las Escrituras:

  • Dios da Su Palabra.
  • Renovamos nuestra manera de pensar.
  • Creemos.
  • Actuamos en obediencia.
  • Dios trae sanidad.

También veremos ejemplos bíblicos y contemporáneos de personas que tuvieron que cambiar su manera de pensar, creer algo diferente y luego dar un paso de acción.

No será simplemente otra conferencia por Zoom. Será un taller interactivo, con momentos para participar, hacer preguntas, compartir experiencias y aplicar personalmente lo aprendido.

¿En qué área de tu vida necesitas experimentar sanidad?

Quizás has vivido con una situación durante tanto tiempo que has comenzado a pensar que nunca cambiará.

La pregunta que quiero hacerte es la misma que plantearemos al final del taller:

¿Cuánto tiempo llevas en esa situación?
¿Qué estás esperando de Dios?
¿Crees que hay sanidad para ti?

Te espero este viernes 28 de agosto a las 6:30 p. m., vía Zoom.

Ven con tu Biblia, algo con qué tomar notas y, sobre todo, con un corazón abierto para escuchar lo que Dios quiere decirte.

Tal vez ha llegado el momento de creer que Dios puede hacer algo nuevo en un área que habías dado por perdida.

Puedes inscribirte usando este código QR:

Código QR

¡Bendiciones!

AutoestimaLeave a commentLeave a comment

¡Deja de volver a ese pozo seco!

Imagina que caminas una vez más hacia un pozo que conoces desde hace años. Antes de llegar, ya sabes lo que vas a encontrar: está seco. Lo has comprobado muchas veces. Aun así, llevas el balde.

Lo bajas lentamente, esperando escuchar el sonido del agua. Pero solo encuentras silencio. Cuando vuelves a subirlo, regresa vacío… otra vez.

Entonces, ¿por qué continúas regresando?

Porque una parte de ti alberga la esperanza de que “tal vez esta vez será diferente”.

Así ocurre con algunas de nuestras heridas emocionales. Volvemos una y otra vez a la misma persona esperando recibir finalmente su aprobación, su afecto, su atención o una disculpa sincera. Quizás se trate de un padre o una madre. Tal vez sea una relación importante en la que llevas años esperando una respuesta diferente.

Y cada vez piensas: “Quizás ahora sí. Tal vez, si me esfuerzo más, si encuentro las palabras correctas o si tengo un poco más de paciencia, esta vez será distinto”.

Pero el balde vuelve a subir vacío.

Esto no significa necesariamente que estés haciendo algo mal. A veces, la realidad más difícil de aceptar es que esa persona sencillamente no posee la capacidad, la disposición o la madurez necesaria para ofrecerte lo que estás buscando.

El problema no es que tengas sed. El problema es que sigues buscando agua en un pozo que no puede dártela.

En Jeremías 2:13, Dios describió la tragedia de su pueblo:

“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”.

El pueblo se había apartado de la única fuente verdadera de vida y había puesto su confianza en depósitos que nunca podrían satisfacerlo.

Siglos después, Jesús retomó esta misma imagen cuando dijo:

“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Jesús no promete simplemente aliviar nuestra sed por un momento. Él ofrece convertirse en una fuente interior, constante y suficiente, que ninguna persona ni circunstancia puede reemplazar.

El contraste no puede ser más claro: mientras las cisternas humanas se agrietan y se vacían, Cristo ofrece una fuente que nunca se agota. Sin embargo, muchas veces seguimos buscando en otras personas lo que solo Él puede proveer plenamente: identidad, seguridad, amor incondicional y un sentido firme de valor personal. Las relaciones humanas son importantes, pero nunca fueron diseñadas para soportar todo el peso de nuestra alma.

Permanecer atados a un pozo vacío tiene un costo. Nos mantiene emocionalmente ligados a alguien que quizá nunca cambie. Consume nuestra energía, influye en nuestras decisiones y nos impide reconocer las relaciones saludables que Dios ha puesto a nuestro alrededor.

La sanidad emocional comienza cuando dejamos de negar que el pozo está seco.

Esto no significa que dejemos de amar a las personas, de orar por reconciliación o de mantenernos abiertos al cambio. Significa que las liberamos de la responsabilidad de convertirse en la fuente de nuestra plenitud. Lloramos lo que no recibimos, perdonamos cuando es necesario, establecemos límites sabios y volvemos a la Fuente de agua viva.

Tal vez hoy necesitas preguntarte: ¿A qué pozo vacío sigo regresando?

Reconócelo. Llora lo que perdiste y suéltalo.

Luego vuelve tu corazón hacia Aquel cuyas aguas nunca se secan. Tu sanidad no vendrá de bajar el balde una vez más dentro de una cisterna rota. Vendrá al descubrir que, en Dios, el agua viva que has estado buscando siempre ha estado disponible.

¡Bendiciones!

AutoestimaLeave a commentLeave a comment

Lo que los japoneses pueden enseñarnos sobre la unidad

Durante el último Mundial de fútbol hubo una imagen que sorprendió al mundo. Al terminar los partidos, mientras la mayoría de los aficionados abandonaban el estadio, los seguidores japoneses sacaban bolsas de basura y recogían los desperdicios de las graderías. Lo hacían después de ganar… y también después de perder. Cuando les preguntaron por qué, respondieron con sencillez: “Porque esa es nuestra cultura.”

La cultura no se impone con anuncios; se forma mediante hábitos repetidos hasta convertirse en algo natural.  Se revela en lo que hacemos cuando nadie nos lo exige.

Eso mismo ocurre en la iglesia. Pablo nos exhorta en Efesios 4:3 a estar “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. La unidad no se mantiene por accidente. Debe cultivarse intencionalmente hasta hacerse parte de nuestra cultura.

¿Cómo se construye una cultura de unidad? Practicando tres hábitos sencillos pero profundamente bíblicos.

Primero, resolver los conflictos con prontitud. Jesús dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto…” (Mateo 5:25). El tiempo rara vez sana los conflictos; normalmente los agrava. Cuanto menor sea el tiempo entre el problema y la conversación, más saludables serán nuestras relaciones.

Segundo, rechazar el chisme. Proverbios 16:28 nos advierte: “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.” El chisme divide amistades, destruye la confianza y debilita el testimonio de la iglesia. Una manera eficaz de combatirla es preguntar: ”¿Ya hablaste con esa persona?” En una cultura de unidad no hablamos delas personas; hablamos con las personas.

Tercero, perdonar rápidamente. Efesios 4:32 dice: “…perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

Como el arte japonés del Kintsugi, donde una vasija rota se restaura con oro, la gracia de Cristo puede transformar las grietas de nuestras relaciones en un testimonio de restauración. Una iglesia que perdona no es una iglesia sin heridas; es una iglesia donde la gracia de Cristo es más fuerte que las heridas.

Cada conversación, cada conflicto y cada ofensa nos presentan una decisión: alimentar la división o proteger la unidad. La cultura de una iglesia no se define solo por lo que se predica el domingo, sino por lo que sus miembros practican cada día.

La unidad no debe ser algo que recordemos solo cuando surgen los problemas. Debe ser el ambiente que respiramos, el lenguaje que hablamos, un valor que protegemos y la manera en que vivimos juntos como el pueblo de Dios.

¿Qué clase de cultura estás ayudando a construir?

¡Bendiciones!

EspiritualidadLeave a commentLeave a comment

¿Hace cuánto dejaste de creer que las cosas pueden cambiar?

La sorprendente lección de Hechos 3 para quienes llevan años viviendo con la misma limitación.
 

«Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.»
Hechos 3:6

¿Qué esperaba el cojo aquel día? Exactamente lo mismo que el día anterior, la semana anterior, el año anterior… y durante más de cuarenta años: unas monedas para sobrevivir un día más.  Nada más.  Cuarenta años viviendo con la misma limitación habían reducido sus expectativas (Hechos 4:22).

¿No nos sucede lo mismo?

Quizás llevas años luchando con una enfermedad, una herida emocional, un matrimonio difícil o una situación económica que parece no cambiar. Tal vez has comenzado a creer que así será siempre. Has aprendido a sobrevivir, pero ya no esperas una verdadera transformación.

Eso era exactamente lo que vivía aquel hombre.

Entonces apareció Pedro y pronunció las palabras que cambiarían todo:

«No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…»

¿Qué fue lo que Pedro le dio?

No fue dinero. Tampoco fue poder propio, porque más adelante Pedro aclaró que el milagro no ocurrió por su poder ni por su piedad (Hechos 3:12).

Pedro le dio una razón para creer que, en el nombre de Jesucristo, podía intentar lo que jamás había creído posible.

Le dijo: «¡Levántate y anda!» Y, tomándolo de la mano, lo ayudó a dar ese primer paso de fe.

Hoy quiero hacer algo parecido contigo.

No me comparo con Pedro ni pretendo tener su autoridad apostólica. Pero sí quiero animarte a poner tus ojos en el mismo Jesucristo que transformó la vida de aquel hombre.

Tal vez tus limitaciones sean físicas. Quizás sean emocionales, espirituales, familiares o económicas. Cualquiera que sea tu situación, no permitas que los años de lucha definan lo que Dios puede hacer.

Jesús sigue siendo el mismo. Él no ha perdido ni un ápice de Su poder ni de su compasión.

Él vino «a dar buenas nuevas a los pobres… a sanar a los quebrantados de corazón… a poner en libertad a los oprimidos» (Lucas 4:18).

Hoy quiero prestarte un poco de mi confianza en Jesucristo. Tal vez hoy tú no tengas fuerzas para creer, pero yo sí creo que Él puede intervenir en tu favor. No importa cuáles sean tus limitaciones, cuánto tiempo hayas vivido con ellas o cuán imposible parezca tu situación.  La voz de Cristo para ti sigue siendo la misma:

«¡Levántate y anda!»

¡Atrévete a desafía tus limitaciones!

 ¡Bendiciones!

EspiritualidadLeave a commentLeave a comment

¿Quién te dijo eso?

Después que Adán pecó, se escondió de Dios. Cuando Dios lo llamó, Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (Génesis 3:10).

Entonces Dios le hizo una pregunta profunda: “¿Quién te enseñó que estabas desnudo?” (Génesis 3:11).

En otras palabras, Dios le estaba diciendo: “¿Desde cuándo tu desnudez es un problema?”

El capítulo anterior termina diciendo: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Génesis 2:25). Adán siempre había estado desnudo. No tenía nada que esconder delante de Dios. No tenía nada que esconder delante de Eva. Vivía en libertad, transparencia e inocencia.

Pero ahora algo había cambiado.

El problema no era simplemente que Adán estaba desnudo. El problema era que alguien le había dado una nueva interpretación de su desnudez. Alguien le hizo creer que ahora debía sentir vergüenza, miedo y necesidad de esconderse.

Por eso la pregunta de Dios es tan importante: ¿Quién te dijo eso?

Dios no solo estaba confrontando la conducta de Adán. Estaba confrontando el origen de su creencia.

Y esa sigue siendo una pregunta necesaria para nosotros hoy.

¿Cuántas ideas hemos aceptado como verdad sin detenernos a preguntar de dónde vinieron?

Tal vez has escuchado pensamientos como estos:

  • “No puedes.”
  • “No eres suficiente.”
  • “Dios no te ama.”
  • “Nadie te quiere.”
  • “Nunca vas a cambiar.”
  • “Eres un fracaso.”
  • “Tu vida no tiene propósito.”
  • “Dios no puede usar a alguien como tú.”

Pero antes de aceptar cualquier pensamiento como verdad, debes hacerte una pregunta: ¿Quién me dijo eso?

Porque no todo pensamiento que pasa por tu mente viene de Dios. No toda voz que escuchas merece tu confianza. No toda idea que parece cierta está alineada con la verdad de la Palabra de Dios.

La manera más efectiva de combatir los pensamientos negativos no comienza simplemente tratando de ignorarlos. Comienza identificando su origen.

¿De dónde salió esta idea?
¿Quién me enseñó a verme así?
¿Esto viene de Dios o viene de una mentira?

Y después de identificar la mentira, debemos reemplazarla con la verdad.

Jesús dijo:

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32).

La libertad comienza cuando la verdad de Dios confronta la mentira que hemos creído.

Por eso, no basta con decir: “Voy a dejar de pensar así.” Necesitamos reemplazar la mentira con la verdad de la Palabra de Dios.

Por ejemplo:

  • Rechazo el pensamiento: “Dios no me ama”, con la verdad: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
  • Reemplazo la mentira: “No puedo cambiar”, con la verdad: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).
  • Resisto la idea: “Mi vida no tiene propósito”, con la verdad: “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

La mentira esclaviza, pero la verdad libera.

La mentira te empuja a esconderte. La verdad te llama a salir a la luz.

La mentira te define por tu vergüenza. La verdad te define por lo que Dios dice de ti.

Por eso, la próxima vez que un pensamiento venga a acusarte, limitarte o alejarte de Dios, no lo aceptes automáticamente. Detente y pregunta:

¿Quién me dijo eso?

Si no viene de Dios, no lo recibas.

Rechaza la mentira y reemplázala con la verdad de Su Palabra. Esta semana identifica un pensamiento que te ha estado limitando, busca lo que Dios dice al respecto, créelo y decláralo.

La verdad de Dios sigue haciendo libres a los que permanecen en Su Palabra.

Recurso relacionado:
Señor, ¿Eres Tú o Solo Soy Yo?

Una guía bíblica, pastoral y práctica para ayudarte a conocer la voz de Dios con mayor claridad y confianza.

Disponible en: mateo724.com/ y Amazon.

EspiritualidadLeave a commentLeave a comment

Cuando la paz de Dios saca tarjeta roja

 

Hay momentos en un partido donde todo se detiene.

El jugador avanza. La multitud grita. La tensión sube. Pero, de repente, después de una jugada brusca, el árbitro levanta la tarjeta roja.

En ese instante, ya no importa la emoción del jugador, la presión del estadio ni la opinión de la multitud. El árbitro ha decidido: ese jugador no sigue en el partido.

Esa imagen nos ayuda a entender una verdad espiritual muy profunda:

“La paz de Dios gobierne en vuestros corazones…”
Colosenses 3:15

La palabra traducida como “gobierne” lleva la idea de alguien que dirige, decide o arbitra. En otras palabras, Dios quiere que Su paz funcione como un árbitro dentro de tu corazón.

No toda puerta abierta viene de Dios.

Una oferta de trabajo puede aparecer de la nada: más dinero, mejor posición, más beneficios… pero sin paz.

Una relación puede llegar justo cuando te sientes solo: atractiva, disponible, emocionante… pero alejándote de tus valores y de tu caminar con Dios.

Un socio de negocios puede hablar de grandes planes, grandes números y grandes oportunidades… pero sin integridad.

No confundas una puerta abierta con una bendición. A menudo, la diferencia entre una bendición y una trampa es la paz.

Una bendición puede asustarte, porque quizá te reta, te saca de tu zona cómoda o te exige fe. Pero no va a inquietar tu espíritu de una manera profunda.

Una trampa, en cambio, puede emocionarte. Puede parecer perfecta. Puede tener buen aspecto, buen “timing” y buena explicación. Pero algo dentro de ti simplemente no hace “click”.  No se siente bien.

Muchas personas ignoran esa inquietud porque la oportunidad parece demasiado buena como para dejarla pasar. Y así es como algunos terminan en el matrimonio equivocado, el negocio equivocado o el lugar equivocado.

Pero también ocurre lo contrario.

Puede que la oportunidad que estás contemplando esté llena de obstáculos. No todo se ve fácil. No todo está claro. No todo el mundo lo entiende. Sin embargo, en lo profundo de tu corazón hay una paz que no puedes explicar. Una seguridad quieta. Una convicción serena.

Es como si Dios susurrara:

“Este es el camino, andad por él.” Isaías 30:21

 

Ahora bien, la paz de Dios nunca contradice la Palabra de Dios.

No estamos hablando de usar “siento paz” como excusa para desobedecer. La paz de Dios siempre trabaja en armonía con la Escritura, con el carácter de Cristo y con la dirección del Espíritu Santo.

Por eso, antes de caminar por una puerta, no preguntes solamente: “¿Está abierta?”

Pregunta también: “¿Tengo paz?”

Porque no toda oportunidad es una invitación. Algunas son trampas con buena iluminación.

Deja que la paz de Dios sea el árbitro. Y cuando esa paz saque tarjeta roja, no discutas la decisión. Detente.

Recurso relacionado:
Señor, ¿Eres Tú o Solo Soy Yo?

Una guía bíblica, pastoral y práctica para ayudarte a conocer la voz de Dios con mayor claridad y confianza.

Disponible en: mateo724.com/ y Amazon.

EspiritualidadLeave a commentLeave a comment

Cuidado con los que dicen: “Dios me dijo que te dijera…”

“Dios me dijo que te dijera…”

Probablemente todos hemos escuchado esas palabras alguna vez.

Tal vez vinieron de una persona bien intencionada. Quizás de un líder espiritual. O incluso de un amigo sincero que estaba convencido de que Dios le había dado un mensaje para nosotros.

Pero surge una pregunta importante:

¿Qué debemos hacer cuando alguien afirma hablarnos de parte de Dios?

El peligro de prestar nuestra conciencia a otra persona

Existe una diferencia entre recibir consejo y entregar nuestra responsabilidad de discernir. Dios puede usar a otras personas para animarnos, corregirnos, advertirnos o confirmarnos algo. Vemos ejemplos de esto a lo largo de la Biblia. Sin embargo, Dios nunca espera que suspendamos nuestro juicio espiritual simplemente porque alguien pronunció las palabras: “Dios me dijo”.

Cuando eso ocurre, corremos el riesgo de confundir la voz de Dios con la opinión de una persona. Y esa es una diferencia enorme.

Dios guía, pero no controla

Observe cómo Dios trata a sus hijos en las Escrituras: Él guía. Él convence. Él corrige. Él confirma. Pero no manipula. La voz de Dios produce convicción, no coerción. La dirección de Dios genera fe, no intimidación. Cuando alguien intenta presionarnos usando la autoridad de “Dios me dijo”, debemos proceder con cautela.

La Biblia nos manda a examinar

La repuesta bíblica no es aceptar todo ciegamente ni rechazarlo automáticamente. La reacción bíblica es examinarlo.

La Escritura advierte: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1).

También nos exhorta: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Dios espera que pensemos, evaluemos y discernamos.

La fe bíblica nunca es credulidad ciega.

 

¿Qué hacer cuando alguien dice: “Dios me habló para ti”?

Considere estos cuatro pasos prácticos:

  1. Llévelo a Dios en oración

Ore sinceramente: “Señor, si esto viene de Ti, confírmalo. Si no viene de Ti, muéstramelo.”  No tenga miedo de esperar. Dios no está apurado.

  1. Compárelo con la Escritura

Dios jamás contradice Su Palabra o Su carácter.  Cualquier mensaje que contradiga claramente las Escrituras puede descartarse inmediatamente. La Biblia sigue siendo nuestra autoridad final.

  1. Permita que el tiempo haga su trabajo

Muchas veces la verdad se confirma con el paso del tiempo. No toda decisión requiere una respuesta inmediata. El apuro suele ser mala consejera.

  1. Busque consejo sabio

No personas que intenten controlar su vida. Si no creyentes maduros que te ayuden a acercarte más a Dios, no a depender más de ellos.

Cuando Dios realmente habla

Cuando Dios dirige a Sus hijos, el resultado no es esclavitud sino libertad.  No nos sentimos manipulados. Nos sentimos guiados. No nos sentimos controlados. Nos sentimos llamados.  La voz de Dios nos conduce a Su presencia, fortalece nuestra fe y produce una confianza tranquila que descansa en Él.

Por eso, la próxima vez que alguien diga: “Dios me dijo que te dijera…”, no se deje intimidar por el lenguaje espiritual.

Escuche con respeto. Ore con humildad. Examine cuidadosamente.

Y recuerde: Dios es perfectamente capaz de confirmar Su voluntad a aquellos que sinceramente desean obedecerle.

Recurso relacionado:
Señor, ¿Eres Tú o Solo Soy Yo?
Disponible en: mateo724.com/ y Amazon.

Espiritualidad3 Comments3 Comments

¿Cómo puedo saber si Dios me está hablando?

¿Alguna vez has orado por dirección… y luego te has preguntado: “¿Fue Dios… o solo mi imaginación?”

Tal vez estabas frente a una decisión importante.
Tal vez necesitabas dirección urgente.
O quizás simplemente querías estar seguro de que no estabas actuando impulsivamente.

La verdad es que muchísimos creyentes viven con esa misma incertidumbre.

Aman a Dios.
Desean obedecerle.
Pero no saben cómo reconocer Su voz con claridad y confianza.

Y cuando no estamos seguros de cómo Dios guía… terminamos viviendo entre ansiedad, temor y confusión espiritual.

Pero aquí está la buena noticia:
Dios no juega a esconderse con Sus hijos.

EL PROBLEMA

Muchas personas imaginan la dirección de Dios como algo misterioso, confuso o reservado solamente para “cristianos súper espirituales”.

Por eso algunos terminan dependiendo únicamente de:

  • emociones,
  • impulsos,
  • señales extrañas,
  • coincidencias,
  • o impresiones subjetivas.

Otros hacen lo contrario:
Dejan de esperar dirección de Dios por completo porque temen equivocarse.

Pero ninguna de esas dos posturas es bíblica.

Dios desea guiarnos.
Y también desea que aprendamos a discernir Su voz correctamente.

UNA VERDAD BÍBLICA FUNDAMENTAL

La manera principal en que Dios habla es por medio de Su Palabra.

Jesús dijo:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
— Juan 10:27

Observe algo importante:
Jesús no dijo que Sus ovejas nunca tendrían dudas.
Dijo que Sus ovejas aprenden a reconocer Su voz.

Eso implica crecimiento.
Relación.
Discernimiento.

La voz de Dios nunca contradice la Palabra de Dios.

Por eso, mientras más conocemos las Escrituras:

  • más claridad tenemos,
  • más discernimiento desarrollamos,
  • y menos vulnerables somos al engaño.

Dios puede usar:

  • convicción del Espíritu Santo,
  • paz,
  • consejo sabio,
  • circunstancias,
  • o impresiones internas.

Pero todo debe ser filtrado por la verdad bíblica.

La Biblia es el ancla.

CONEXIÓN PASTORAL

He conocido creyentes sinceros que tomaron malas decisiones porque confundieron emociones intensas con la dirección de Dios.

También he conocido otros que vivían paralizados por miedo a equivocarse.

Pero he descubierto algo:
Dios es un Padre amoroso.

Él no está tratando de confundirnos.
Él desea guiarnos más de lo que nosotros deseamos ser guiados.

Muchas veces el problema no es que Dios no esté hablando…
es que aún estamos aprendiendo a reconocer Su voz.

Y eso toma tiempo, madurez y sensibilidad espiritual.


3 PASOS PRÁCTICOS

1. Sumérgete diariamente en la Palabra de Dios

La voz de Dios será más clara cuando tu mente esté llena de verdad bíblica.

2. Aprende a evaluar impresiones espirituales

No todo pensamiento viene de Dios.
Pregunta:

  • ¿Está alineado con la Escritura?
  • ¿Refleja el carácter de Cristo?
  • ¿Produce obediencia y santidad?

3. Camina cerca de Dios

La claridad espiritual crece en la relación diaria con Él.
La oración, obediencia y comunión desarrollan discernimiento.


LLAMADO A LA ACCIÓN

Si hoy te sientes confundido acerca de la dirección de Dios, no te rindas.

Dios todavía guía a Sus hijos.

Él no solo quiere salvarte…
también quiere dirigirte.

Comienza hoy:

  • abre tu Biblia,
  • busca Su presencia,
  • y aprende a reconocer Su voz con humildad y discernimiento.

Profundiza en este tema en mi libro: «Señor, ¿eres tú o solo soy yo?  Como Escuchar la Voz De Dios con claridad y confianza«.  Disponible en: mateo724.com/ y Amazon (en español e inglés).


EspiritualidadLeave a commentLeave a comment



Web Analytics

Visitantes desde el 12 de julio, 2020.