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¡No vivas como si no tuvieras lo que Dios ya te ha dado!

¡El que no sabe lo que tiene, vive como si no lo tuviera!

Un hombre compró una hermosa casa, pero creía que no tenía electricidad. Durante meses vivió alumbrándose con velas, comprando hielo para conservar sus alimentos y lavando la ropa a mano.

Un día llegó un electricista y descubrió que el interruptor principal estaba apagado. Lo levantó y, de repente, ¡toda la casa se iluminó!

El hombre quedó asombrado. Durante meses había vivido sin aprovechar la energía que tenía disponible.

Su problema no era la falta de recursos, sino que desconocía lo que tenía.

Esta historia imaginaria ilustra una importante verdad espiritual.

En Efesios 1:15-20, el apóstol Pablo oró para que Dios alumbrara los ojos del entendimiento de los creyentes, a fin de que conocieran «la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos». 

¡Pablo quería que descubrieran que el mismo extraordinario poder de Dios que resucitó a Jesús estaba a su disposición!

La Biblia nos presenta tres expresiones de esa capacitación divina.

1. DÚNAMIS: Poder para cumplir nuestra misión

Jesús prometió: «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos» (Hechos 1:8).

Dios nos capacita para compartir el evangelio y cumplir nuestra misión.

Aplicación: No permitas que el temor te paralice. Esta semana comparte tu fe con alguien, confiando en el Espíritu Santo.

2. EXOUSÍA: Autoridad para enfrentar la oposición

Jesús declaró: «He aquí os doy potestad… sobre toda fuerza del enemigo» (Lucas 10:19).

Nuestra autoridad espiritual no procede de nuestra fuerza personal, sino de Cristo. Como el policía que detiene un camión levantando una mano, actuamos bajo una autoridad superior.

Aplicación: Frente a la oposición, permanece firme, sometido a Cristo y a su Palabra.

3. ENÉRGEIA: Fortaleza divina para perseverar

Pablo declaró que trabajaba y luchaba según el poder de Dios que actuaba en él (Colosenses 1:29).

Nuestra fuerza es limitada, pero Dios puede renovarnos para continuar.

Aplicación: Si estás agotado, busca al Señor, descansa y aprende a depender continuamente de su fortaleza.

¡Señor, abre nuestros ojos!

Quizás hoy te sientes débil ante los desafíos que enfrentas, intimidado por la oposición o simplemente cansado de luchar. Has tratado de hacer lo mejor que puedes, pero sientes que tus fuerzas ya no son suficientes.

Quiero recordarte algo: Dios nunca esperó que hicieras su obra dependiendo exclusivamente de tus propias fuerzas.

El Señor conoce tus limitaciones, comprende tus luchas y sabe cuánto necesitas de él. Y no te ha dejado solo. En Cristo tienes recursos espirituales que quizás todavía no has aprendido a conocer y aprovechar plenamente.

Por eso, antes de pedirle a Dios que cambie tus circunstancias, pídele que abra tus ojos para reconocer su presencia, confiar en sus promesas y depender de su poder.

Y esta semana, da un paso de fe: comparte a Cristo con alguien, permanece firme ante una dificultad y entrégale al Señor esa carga que has estado intentando llevar solo.

Recuerda: el Dios que te llamó es el mismo que te capacita, te respalda y te sostiene.

Que nuestra oración sea la misma del apóstol Pablo:

¡Señor, abre nuestros ojos para conocer la extraordinaria grandeza de tu poder que actúa en nosotros!

¡Bendiciones!

Wesley

Piensa bíblicamente. Cree verdaderamente. Vive sabiamente.

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¿Qué hago cuando Dios guarda silencio? ¿Espero o avanzo?

«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». — Salmo 119:105 

Tienes que tomar una decisión importante. Has orado, buscado la dirección de Dios y esperado una respuesta. Pero los días pasan y… ¡nada!

Entonces surge una pregunta angustiante: «¿Debo seguir esperando o dar un paso de fe?»

Quizás temes adelantarte a Dios y cometer un error. Pero también te preocupa perder una oportunidad por esperar demasiado.

¿Qué debes hacer?

1. No confundas el silencio de Dios con su ausencia

En ocasiones esperamos una respuesta extraordinaria: una voz, una señal o una confirmación inequívoca.

Sin embargo, Dios ya nos ha revelado mucho de su voluntad mediante las Escrituras.

El Salmo 119:105 compara la Palabra con una lámpara que ilumina nuestros pies. ¡No es un reflector que nos permite ver todo el camino!

Dios no siempre nos muestra el destino completo, pero nos proporciona suficiente luz para dar el siguiente paso.

Pregúntate: «¿Qué principios bíblicos puedo aplicar a esta decisión?».

2. No conviertas la espera en una excusa para no actuar

Algunas personas permanecen paralizadas esperando una señal divina para decisiones que requieren sabiduría y responsabilidad.

Considera el ejemplo del apóstol Pablo.

En Hechos 16:6-10 vemos que Pablo y sus compañeros avanzaban en su misión. El Espíritu Santo les impidió predicar en ciertas regiones y posteriormente los dirigió hacia Macedonia.

¡Dios los guio mientras estaban en movimiento!

Esto no significa que debamos actuar impulsivamente, sino que no siempre necesitamos conocer todos los detalles antes de obedecer lo que ya sabemos que Dios quiere.

3. Aprende a distinguir cuándo esperar y cuándo avanzar

Antes de decidir, considera estas preguntas:

  • ¿Contradice las Escrituras? Si es así, no avances.
  • ¿Tengo suficiente información? Si no, investiga y busca consejo.
  • ¿Estoy actuando por temor o impaciencia? Examina tus motivaciones.
  • ¿Es una decisión que puedo corregir? No todas las decisiones son irreversibles.

Recuerda: esperar también puede ser una expresión de fe, pero actuar responsablemente puede serlo igualmente.

¿Y ahora qué?

Identifica una decisión que has estado postergando.

Ora, examina las Escrituras, busca consejo sabio y determina cuál es el próximo paso responsable.

No permitas que el temor a equivocarte te impida hacer lo que ya sabes que debes hacer.

Y recuerda: la dirección de Dios no siempre consiste en recibir un mapa completo, sino en caminar confiando en Aquel que conoce el camino.

¿Quieres aprender a discernir su voz con claridad y confianza? Descubre más en mi libro Señor, ¿eres tú o soy yo?

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¿Y si me equivoqué y no era Dios quien me hablaba?

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia». — Proverbios 3:5 

¿Alguna vez tomaste una decisión convencido de que Dios te estaba guiando y después comenzaste a dudar?

«¿Y si no era Dios? ¿Y si confundí mis emociones con su voz? ¿Y si cometí un error que afectará mi futuro?».

Si alguna vez has pensado así, no estás solo.

Cuando realicé una encuesta para preparar mi libro Señor, ¿eres tú o soy yo?, descubrí  algo revelador: ¡Casi dos terceras partes de los participantes reconocieron haber tomado decisiones creyendo que Dios los guiaba, pero después comenzaron a dudar si realmente habían escuchado su voz!

¡El temor a equivocarnos es más común de lo que imaginamos!

Pero quiero compartirte una verdad que puede liberarte de mucha ansiedad:

¡Dios no espera que seas infalible para poder guiarte!

1. No confundas una decisión difícil con una decisión equivocada

A veces pensamos que, si Dios nos dirigió, todo debería salir perfectamente.

Pero Pablo enfrentó oposición, sufrimiento y prisiones mientras obedecía su llamado (Hechos 20:22-24).

Las dificultades no demuestran necesariamente que escuchaste mal a Dios.

Antes de cuestionar tu decisión, pregúntate: «¿Estoy dudando porque descubrí que estaba equivocado o simplemente porque las cosas se complicaron?».

2. Reconoce que tus emociones pueden confundirte

El entusiasmo, el temor y nuestros deseos pueden influir en cómo interpretamos la dirección divina.

Por eso, nunca deberíamos basar decisiones importantes exclusivamente en impresiones personales.

Pregúntate:

  • ¿Esta decisión concuerda con las Escrituras?
  • ¿He buscado consejo de creyentes maduros?
  • ¿Estoy dispuesto a aceptar una respuesta diferente de la que deseo?

Una convicción intensa no es necesariamente una confirmación divina.

3. Si te equivocaste, ¡no te quedes paralizado!

Proverbios 24:16 declara: «Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse».

Este versículo nos recuerda que una caída no tiene que ser el final de nuestra historia.

Si descubriste que tomaste una decisión equivocada, reconoce tu error, corrige lo que puedas y continúa buscando la dirección del Señor.

Dios puede enseñarte incluso mediante tus errores.

¿Y ahora qué?

Piensa en una decisión que todavía te produce dudas.

En lugar de atormentarte preguntando «¿Y si me equivoqué?», haz esta oración:

«Señor, si me equivoqué, corrígeme. Si estoy donde quieres que esté, fortaléceme. Y enséñame a reconocer tu dirección con mayor claridad».

Recuerda: tu seguridad no descansa en tu capacidad perfecta para escuchar a Dios, sino en el carácter fiel del Dios que te guía.

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Las ovejas oyen la voz de su pastor

¿Por qué Dios les habla a otros y a mí no?

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». — Juan 10:27

¿Alguna vez has escuchado a alguien decir: «Dios me habló», y has pensado: «¡Qué maravilloso sería si Dios también me hablara a mí!»?

Muchos cristianos creen que escuchar la voz de Dios es un privilegio reservado para pastores, profetas o personas con una espiritualidad extraordinaria.

¡Pero Jesús nunca dijo eso!

Si eres oveja, puedes escuchar al Pastor

Jesús declaró: «Mis ovejas oyen mi voz».

Observa lo que NO dijo. No dijo: «Mis pastores oyen mi voz», ni «Mis ovejas más espirituales oyen mi voz».

La capacidad de escuchar al Buen Pastor pertenece a tu identidad como oveja, no a tu posición dentro de la iglesia.

No necesitas un título, un ministerio o años de experiencia espiritual. Sólo necesitas pertenecer a Cristo y estar dispuesto a aprender a reconocer su voz.

«Dios habla a todos. Yo solo escucho»

Existe una hermosa anécdota atribuida a Juana de Arco. Se cuenta que, durante su juicio, alguien le preguntó:

«¿Por qué Dios solo te habla a ti?».

Ella respondió:

«Está equivocado, señor. Dios habla a todos. Yo solo escucho».

Aunque no tenemos suficiente evidencia histórica para confirmar estas palabras, la idea que transmiten merece nuestra atención.

Dios no ha reservado su comunicación exclusivamente para una élite espiritual. Él desea tener comunión con sus hijos.

Escuchar es cuestión de relación

En mi libro Señor, ¿eres tú o soy yo?, explico que el propósito principal de escuchar a Dios no es recibir instrucciones, sino cultivar una relación personal con Él.

Piensa en alguien a quien amas profundamente. Basta escuchar su voz por teléfono para reconocerla, incluso antes de que se identifique.

¿Por qué? Por familiaridad.

Lo mismo ocurre con nuestro Buen Pastor. Cuanto más tiempo pasamos con Él, más aprendemos a reconocer su dirección.

Dios nos habla principalmente por medio de su Palabra, iluminada por el Espíritu Santo. Por eso, escuchar también implica aprender a discernir.

¿Estás escuchando?

Hoy quiero desafiarte a dejar de pensar que escuchar a Dios es un privilegio para otros.

Abre tu Biblia, dedica tiempo a la oración y cultiva diariamente tu comunión con Jesús.

No necesitas convertirte en alguien especial para escuchar al Pastor. ¡Necesitas ser su oveja y aprender a escucharlo!

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¿Y si me equivoco al escuchar la voz de Dios?

«Pero el alimento sólido es para los maduros, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal». — Hebreos 5:14

¿Alguna vez has sentido que Dios te está guiando a tomar una decisión, pero te detiene una pregunta: «¿Y si me equivoco?»

¿Y si no era Dios? ¿Y si interpreté mal? ¿Y si termino arruinándolo todo?

Ese temor puede paralizarnos. Pero tengo una buena noticia: la madurez espiritual se desarrolla con la práctica, no con la perfección.

  1. Aprendemos a discernir practicando

Imagina a un joven practicando tiros libres en una cancha de baloncesto. Algunos entran, otros rebotan y otros fallan por completo. Su entrenador observa, corrige y lo anima a seguir.

Nadie aprende a encestar evitando lanzar el balón.

Hebreos 5:14 dice que los maduros son aquellos que «por el uso» tienen sus sentidos ejercitados para discernir.

¡Por el uso! No por nunca equivocarse.

Cuando Dios llamó al joven Samuel, este necesitó orientación para reconocer quién le hablaba (1 Samuel 3:4–10). Con el tiempo, aprendió a distinguir Su voz.

Dios no exige expertos sin fallas. Busca corazones dispuestos a aprender y obedecer.

  • El verdadero peligro no es equivocarse

Hay algo más peligroso que cometer un error sincero: escuchar solamente lo que queremos escuchar.

Es como aquel esposo que le dice a su esposa: «Tú empaca las maletas mientras yo voy a orar por este viaje».

¡Ya tomó la decisión! No está buscando dirección, sino confirmación.

Cuando nuestras preferencias pesan más que la voluntad de Dios, corremos el riesgo de engañarnos.

Por eso Jesús dijo: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá…» (Juan 7:17).

La disposición a obedecer es fundamental para discernir.

  • ¿Y si ya me equivoqué?

¡No huyas de Dios! Corre hacia Él.

Pedro negó a Jesús, pero fue restaurado. Pablo persiguió a la iglesia, pero Dios transformó su vida.

Nuestros errores tienen consecuencias, pero no nos colocan fuera del alcance de la gracia divina.

Dios puede redimir nuestras decisiones imperfectas.

  • Una decisión para hoy

Antes de tu próxima decisión importante, pregúntate:

  • ¿Estoy buscando sinceramente la voluntad de Dios?
  • ¿Estoy dispuesto a obedecer aunque no me guste Su respuesta?
  • ¿Estoy buscando confirmación o excusas para no obedecer?

No permitas que el miedo te paralice.

Dios guía a hijos humildes, no a expertos sin fallas.

Y si te equivocas, aprende, corrige y sigue caminando con Él.

Porque el discernimiento no crece evitando decisiones, sino aprendiendo a caminar en obediencia.

¿Quieres aprender a reconocer la voz de Dios con mayor confianza?

Este artículo está basado en el capítulo 5 de mi libro Señor, ¿eres tú o solo soy yo?, donde comparto principios bíblicos y herramientas prácticas para aprender a discernir la dirección de Dios sin temor a equivocarnos.

Conoce más sobre el libro aquí:
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¿Seguro que esa voz es la de Dios?

Hay una voz que muchos conocemos muy bien.

Aparece después de cometer un error. Cuando tomamos una mala decisión. Cuando volvemos a caer en algo que prometimos no repetir.

Y dice cosas como:

“Otra vez fallaste.”
“Nunca vas a cambiar.”
“Dios debe estar cansado de ti.”
“¿Cómo puedes llamarte cristiano después de hacer eso?”

El problema es que, a veces, confundimos esa voz con la voz de Dios.

Pero Dios no habla como el acusador.

Cuando Moisés pidió conocer la gloria de Dios, el Señor se describió a Sí mismo como:

“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad.”
—Éxodo 34:6

En otras palabras, la voz de Dios siempre será consistente con el carácter de Dios.

Eso no significa que Dios nunca nos corrija. Claro que lo hace. Pero hay una gran diferencia entre convicción y condenación.

La acusación dice:“ Tú estás mal — quédate en el suelo.”
Dios dice: “Esto está mal — vuelve.”  

La acusación dice: “Eres un fracaso.”
Dios dice: “Esto estuvo mal; ven, quiero ayudarte a cambiar.”

La acusación ataca tu identidad.
Dios confronta tu conducta.

La acusación te empuja a esconderte.
Dios te llama a acercarte.

La acusación te deja sin esperanza.
La corrección de Dios siempre apunta hacia la restauración.

Apocalipsis 12:10 llama a Satanás “el acusador de nuestros hermanos”. Ese es su lenguaje, no el del Padre.

Por eso, una de las preguntas más importantes cuando creemos haber escuchado a Dios es esta:

¿Esta voz suena como Él?

Piensa la situación que estés enfrentando ahora mismo. Tal vez cometiste un error, tienes que tomar una decisión o simplemente no sabes qué hacer.

Detente y pregunta:

“Señor, ¿qué estás diciendo Tú acerca de esto?”

Aprender a escuchar a Dios no consiste solamente en oír una voz. Consiste en aprender a reconocerla.

Y precisamente de eso trata mi libro Señor, ¿eres Tú …o soy yo? Como escuchar la voz de Dios con claridad y confianza.

Más información aquí.

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No basta con dejar dinero

Cuando Cornelius Vanderbilt murió en 1877, dejó una de las fortunas más grandes de su época: más de 100 millones de dólares. Su hijo incluso logró aumentar aquella enorme riqueza. Sin embargo, con el paso de las generaciones, gran parte de la fortuna comenzó a desaparecer entre divisiones familiares, mansiones extravagantes, yates y estilos de vida cada vez más costosos.

Casi un siglo después, en 1973, 120 de sus descendientes se reunieron en Vanderbilt University. Según el historiador de la familia, entre los asistentes no había un solo millonario.

Una generación había construido una fortuna extraordinaria, pero las siguientes no lograron conservarla.

La historia de los Vanderbilt nos recuerda algo importante: no basta con dejar una herencia; debemos dejar también los principios necesarios para administrarla.

Proverbios 13:22 declara:

“El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la riqueza del pecador está guardada para el justo.”

La verdadera prosperidad no termina conmigo. Dios me llama a vivir de tal manera que las generaciones que vienen detrás de mí sean bendecidas por mi fidelidad.

Naturalmente, un legado puede incluir recursos materiales. Es sabio ahorrar, invertir, evitar deudas innecesarias y preparar financieramente a nuestra familia. Pero el verdadero legado va mucho más allá de una cuenta bancaria o una propiedad.

Mi mayor herencia será la clase de vida que otros vieron en mí.

Quiero dejar a mis hijos, nietos y a quienes Dios me permita influenciar un ejemplo de fe, integridad, generosidad, obediencia y amor por Dios. Quiero que no solamente reciban recursos, sino también principios que les permitan administrarlos con sabiduría.

Y ese legado no comienza cuando hacemos un testamento. Se construye hoy.

Cada dólar administrado con sabiduría, cada deuda que evitamos, cada acto de generosidad, cada inversión en el Reino de Dios y cada persona a la que ayudamos a crecer son semillas que pueden continuar produciendo fruto mucho después de nuestra partida.

Por eso, quizá la pregunta más importante no sea:

“¿Cuánto voy a dejar?”

Sino:

“¿Qué clase de personas estoy ayudando a formar?”

Mi oración es que, cuando llegue al final de mi carrera, pueda decir que no solamente administré fielmente lo que Dios puso en mis manos, sino que ayudé a otros a conocerle, servirle y vivir para Su gloria.

Porque la verdadera prosperidad no termina conmigo. Trasciende mi generación.

¿Qué estás haciendo hoy que todavía bendecirá a otros cuando tú ya no estés?

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La verdadera prosperidad no termina conmigo

[:es]

¿Qué harías si Dios aumentara tus ingresos un 20%?

Nuestra cultura responde casi automáticamente: mejorar la casa, cambiar el automóvil, viajar más, comprar algo que hemos deseado. En otras palabras: si gano más, elevo mi nivel de vida.

Pero la Biblia presenta otra posibilidad.

Pablo dice que debemos trabajar “haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28).

¡Qué perspectiva tan diferente! Trabajamos no solamente para cubrir nuestras necesidades y disfrutar responsablemente lo que Dios nos da, sino también para tener algo que compartir.

Por eso, una convicción que quiero cultivar es esta:

La verdadera prosperidad no termina conmigo.

Dios no aumenta nuestros recursos simplemente para que elevemos continuamente nuestro nivel de vida. También aumenta nuestra capacidad de hacer el bien. Pablo escribe que Dios puede hacer abundar Su gracia sobre nosotros para que, teniendo lo suficiente, podamos “abundar para toda buena obra” (2 Corintios 9:8).

Pero hay una aclaración fundamental: no damos para recibir.

La generosidad cristiana no es una negociación con Dios. No damos cien esperando que Él esté obligado a devolvernos mil. Damos porque Él dio primero. Nuestra generosidad es una respuesta a la generosidad radical del Padre, quien “no escatimó ni a su propio Hijo” por nosotros (Romanos 8:32).

Estas verdades me han ayudado a dar con gozo:

  • Dios ama al dador alegre (2 Corintios 9:7).
  • Dios multiplica la semilla sembrada (2 Corintios 9:10; Proverbios 11:25).
  • Cuando ayudamos al necesitado, servimos a Cristo (Proverbios 19:17; Mateo 25:40).
  • La generosidad produce tesoros eternos (Lucas 12:33).

No damos motivados por lo que podamos recibir. Damos como respuesta a Su gracia. Pero también confiamos en que Dios sabe suplir y multiplicar los recursos que pone en manos de un mayordomo fiel y generoso.

La pregunta, entonces, no es solamente:

“Señor, ¿cuánto más puedo tener?”

Sino:

“Señor, ¿cuánto más bien puedo hacer con lo que has puesto en mis manos?”

Aquí está el desafío: la próxima vez que recibas un aumento, una bonificación, un ingreso inesperado o simplemente tengas un poco más de lo necesario, no pienses primero en qué puedes comprar. Pregúntale a Dios: “¿A quién puedo bendecir con esto?”

Decide desde ahora que no todo aumento en tus ingresos producirá un aumento en tu nivel de vida. Aparta una parte para aumentar tu nivel de generosidad.

Porque la verdadera prosperidad no se mide solamente por cuánto llega a mis manos, sino también por cuánto bien Dios puede hacer a través de ellas.

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Dios es la fuente; lo demás son canales

Con frecuencia confundimos la fuente de nuestra provisión con el canal por el cual la recibimos. Pensamos que nuestro sustento proviene del salario, la pensión, el negocio, las inversiones o alguna ayuda inesperada. Sin embargo, todas estas cosas son solamente canales. La fuente suprema de nuestra provisión es Dios.

Un canal puede cambiar, reducirse o incluso cerrarse, pero la fuente permanece. Una empresa puede despedirnos, un negocio puede atravesar dificultades, una inversión puede perder valor y la economía puede deteriorarse. Nada de esto toma a Dios por sorpresa ni limita Su capacidad para sostenernos.

Jehová-Jireh: el Señor proveerá

En Génesis 22, Abraham enfrentó una situación que parecía no tener solución. Cuando Isaac preguntó dónde estaba el cordero para el sacrificio, su padre respondió:

«Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío».
—Génesis 22:8

En el momento preciso, Dios proveyó un carnero. Abraham llamó aquel lugar Jehová-Jireh, porque había comprobado personalmente que el Señor ve nuestras necesidades y provee para ellas.

Dios no siempre nos muestra anticipadamente cómo lo hará. Abraham vio la provisión mientras caminaba en fe y obediencia. De la misma manera, nosotros no necesitamos conocer de antemano el canal que Dios utilizará. Necesitamos confiar en la fuente.

Mi sustento no depende de la economía

La economía influye sobre nuestras circunstancias, pero no gobierna sobre Dios. Él está por encima de las recesiones, la inflación, el desempleo y las limitaciones humanas.

Por eso, nuestra confianza no debe descansar exclusivamente en un salario, una pensión o un negocio. Dios puede utilizar cualquiera de esos medios, pero también puede abrir nuevos canales que todavía no conocemos.

La promesa bíblica declara:

«Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús».
—Filipenses 4:19

Dios no suple nuestras necesidades conforme al tamaño de nuestra cuenta bancaria ni conforme al estado de la economía, sino conforme a Sus riquezas en gloria. Sus recursos son abundantes y Su capacidad de proveer no tiene límites.

Esto no significa que debemos actuar irresponsablemente. Confiar en Jehová-Jireh también implica trabajar con diligencia, administrar con sabiduría, controlar nuestros gastos, ahorrar cuando sea posible y evitar deudas innecesarias. La fe no sustituye la buena mayordomía; la inspira.

Confía en la fuente

Tal vez hoy uno de tus canales de provisión parece inseguro. No permitas que el temor te haga olvidar de dónde viene realmente tu ayuda. El canal puede cambiar, pero Dios continúa siendo fiel.

Declara con confianza:

«Señor, Tú eres Jehová-Jireh, mi fuente suprema de abundante provisión. Mi sustento no depende de la economía ni de las circunstancias, sino de Ti, que gobiernas sobre todas las cosas. Tú suples generosamente todas mis necesidades y las de mi familia, conforme a Tus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Los canales pueden cambiar, pero mi fuente nunca se agota».

¡Bendiciones!

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¿Dejaste tu billetera fuera del agua?

[:es]

Cuenta una antigua leyenda que, durante la época de las cruzadas, algunos soldados eran bautizados antes de ir a la guerra. Al sumergirse, mantenían fuera del agua el brazo con el que sostenían la espada. Simbólicamente decían: «Señor, te entrego toda mi vida, excepto lo que haga con esta espada. De eso me encargo yo».

Tal vez nosotros nunca sostendríamos una espada fuera del agua, pero muchos hacemos algo parecido con nuestra billetera.

Le decimos a Dios: «Tú eres Señor de mi familia, mi salud, mi ministerio y mi futuro; pero de mis decisiones económicas me encargo yo».

Sin embargo, no podemos reconocer a Cristo como Señor de nuestra vida mientras excluimos nuestro dinero de Su autoridad.

Dios es el dueño de todo

La mayordomía comienza cuando reconocemos que realmente no somos dueños de nada:

«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan».
—Salmo 24:1

Nuestra vida, tiempo, capacidades, trabajo y recursos económicos le pertenecen a Dios. Incluso la capacidad para producir viene de Él:

«Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas».
—Deuteronomio 8:18

Somos administradores temporales de lo que Dios ha puesto en nuestras manos.

Un mayordomo puede usar, disfrutar y hacer producir los bienes de su señor, pero siempre debe recordar que tendrá que rendir cuentas. Por eso, en lugar de preguntar: «¿Qué quiero hacer con mi dinero?», deberíamos preguntar:

«Señor, ¿qué quieres que haga con los recursos que me has confiado?»

Esta pregunta debe orientar cómo ganamos, gastamos, ahorramos, invertimos, damos y ayudamos a otros.

Dios busca mayordomos fieles

La Biblia declara:

«Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel».
—1 Corintios 4:2

Dios no nos pedirá cuentas por lo que entregó a otra persona, sino por lo que puso en nuestras manos. La fidelidad no depende de cuánto tenemos. Podemos ser fieles con poco e irresponsables con mucho.

El buen mayordomo trabaja con diligencia, vive con contentamiento, evita gastos impulsivos, enfrenta responsablemente sus deudas, planifica con sabiduría y practica la generosidad.

La mayordomía tampoco consiste solamente en entregar una ofrenda. Dios no está interesado únicamente en el porcentaje que damos, sino también en la manera como administramos todo lo demás.

¿Qué estás dejando fuera del agua?

Quizás hemos entregado muchas áreas de nuestra vida a Dios, pero todavía mantenemos nuestra billetera fuera del agua. Pedimos Su provisión, pero tomamos decisiones económicas sin consultar Sus principios.

Hoy podemos comenzar con tres acciones concretas:

  1. Reconocer: Todo lo que tengo pertenece a Dios.
  2. Revisar: ¿Estoy administrando Sus recursos con fidelidad?
  3. Actuar: ¿Qué hábito económico debo cambiar?

Tal vez necesitemos preparar un presupuesto, controlar un gasto, cancelar una deuda, comenzar a ahorrar o ayudar a alguien necesitado.

No dejemos nuestra billetera fuera del agua. Entreguemos también nuestras finanzas al Señor y vivamos con una sola aspiración: escuchar algún día las palabras del Señor:

«Bien, buen siervo y fiel».
—Mateo 25:21

¡Bendiciones!

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