Nunca confundas tu identidad con tu desempeño
Como profesor uno de mis desafíos más grandes es tratar de enseñar a estudiantes que justifican sus bajas calificaciones diciendo: “¡Es que SOY malo para las matemáticas!”
Esa frase conlleva una de las mentiras más generalizadas que todos nos hemos tragado: somos lo que hacemos.
Nótese lo que se está diciendo: Que con base a sus experiencias pasadas –su desempeño– esta persona considera que es – en su identidad – malo para las matemáticas. Yo les digo lo que te estoy diciendo a ti: Nunca confundas tu identidad con tu desempeño.
Cuando atamos nuestro identidad a nuestro desempeño, estamos abrochando el cinturón de seguridad de nuestra autoestima al asiento de una montaña rusa de incertidumbre. Cuando todo va bien y hacemos las cosas con excelencia nos sentimos bien con nosotros mismos y nuestra autoestima está por las nube. Levantamos las manos y gritamos eufóricos: “¡Soy exitoso!”.
Pero tarde o temprano, llegará el día en que nuestro desempeño será menos que excelente y nuestro sentido de autovalía se desplomará suspirando: “Soy un fracaso”. Si basamos nuestra identidad en nuestras carreras, nuestros logros, nuestras posesiones, nuestros roles, nuestros talentos y nuestras relaciones, o el aplauso de otros, tarde o temprano sucederá algo que lo sacudirá.
Un árbol no está enraizado en sí mismo sino en el suelo. Asímismo, si vamos a tener una identidad segura necesitamos construir nuestra identidad sobre algo fuera de nosotros mismos. Algo más grande que nosotros. Algo que sea inamovible.
Gracias a Dios, existe tal fundamento: El Señor Jesús dijo:
“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca”. Mateo 7:24-25
Observe que Jesús comenzó diciendo: “Cualquiera…” ¡Eso te incluye a ti! Su promesa es que si basas lo eres en lo que Él dice, entonces sea que fracases o tengas éxito, sea que tengas posesiones materiales o los pierdas, sea que te aplaudan o abuchean, tu identidad permanecerá intacta. ¡Wow!

Imagina mirarte en el espejo y en vez de repasar en tu mente esos gastados refranes sobre sus defectos y fracasos, te miras a los ojos y dices con firmeza:
“El fracaso es un evento. No una persona.
Dios dice que soy una creación admirable! (Salmo 139:14)
¡Dios dice que me ama! (Jer. 31: 3)
¡Y que me ama tal como soy! (Rom. 5:8)
¡Él me ha dicho que soy valioso para él! (Mt. 10:31)
¡Y que soy más que vencedor por medio de Cristo! (Rom. 8:37)! “
¿Puedes ver el efecto liberador que eso tendría en tu vida?
Te invito a hacer una oración sencilla: Señor: abre mis ojos para ver lo que tú ves cuando me miras. Me cuesta verme a mi mismo como algo digno de que dieras tu vida por mí y no quiero seguir así. Afírmame con tu amor. Fortaléceme con tu amor inquebrantable”. Amén.
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