La verdadera prosperidad no termina conmigo
¿Qué harías si Dios aumentara tus ingresos un 20%?
Nuestra cultura responde casi automáticamente: mejorar la casa, cambiar el automóvil, viajar más, comprar algo que hemos deseado. En otras palabras: si gano más, elevo mi nivel de vida.
Pero la Biblia presenta otra posibilidad.
Pablo dice que debemos trabajar “haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28).
¡Qué perspectiva tan diferente! Trabajamos no solamente para cubrir nuestras necesidades y disfrutar responsablemente lo que Dios nos da, sino también para tener algo que compartir.
Por eso, una convicción que quiero cultivar es esta:
La verdadera prosperidad no termina conmigo.
Dios no aumenta nuestros recursos simplemente para que elevemos continuamente nuestro nivel de vida. También aumenta nuestra capacidad de hacer el bien. Pablo escribe que Dios puede hacer abundar Su gracia sobre nosotros para que, teniendo lo suficiente, podamos “abundar para toda buena obra” (2 Corintios 9:8).
Pero hay una aclaración fundamental: no damos para recibir.
La generosidad cristiana no es una negociación con Dios. No damos cien esperando que Él esté obligado a devolvernos mil. Damos porque Él dio primero. Nuestra generosidad es una respuesta a la generosidad radical del Padre, quien “no escatimó ni a su propio Hijo” por nosotros (Romanos 8:32).
Estas verdades me han ayudado a dar con gozo:
- Dios ama al dador alegre (2 Corintios 9:7).
- Dios multiplica la semilla sembrada (2 Corintios 9:10; Proverbios 11:25).
- Cuando ayudamos al necesitado, servimos a Cristo (Proverbios 19:17; Mateo 25:40).
- La generosidad produce tesoros eternos (Lucas 12:33).
No damos motivados por lo que podamos recibir. Damos como respuesta a Su gracia. Pero también confiamos en que Dios sabe suplir y multiplicar los recursos que pone en manos de un mayordomo fiel y generoso.
La pregunta, entonces, no es solamente:
“Señor, ¿cuánto más puedo tener?”
Sino:
“Señor, ¿cuánto más bien puedo hacer con lo que has puesto en mis manos?”
Aquí está el desafío: la próxima vez que recibas un aumento, una bonificación, un ingreso inesperado o simplemente tengas un poco más de lo necesario, no pienses primero en qué puedes comprar. Pregúntale a Dios: “¿A quién puedo bendecir con esto?”
Decide desde ahora que no todo aumento en tus ingresos producirá un aumento en tu nivel de vida. Aparta una parte para aumentar tu nivel de generosidad.
Porque la verdadera prosperidad no se mide solamente por cuánto llega a mis manos, sino también por cuánto bien Dios puede hacer a través de ellas.
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