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¡Deja de volver a ese pozo seco!

Imagina que caminas una vez más hacia un pozo que conoces desde hace años. Antes de llegar, ya sabes lo que vas a encontrar: está seco. Lo has comprobado muchas veces. Aun así, llevas el balde.

Lo bajas lentamente, esperando escuchar el sonido del agua. Pero solo encuentras silencio. Cuando vuelves a subirlo, regresa vacío… otra vez.

Entonces, ¿por qué continúas regresando?

Porque una parte de ti alberga la esperanza de que “tal vez esta vez será diferente”.

Así ocurre con algunas de nuestras heridas emocionales. Volvemos una y otra vez a la misma persona esperando recibir finalmente su aprobación, su afecto, su atención o una disculpa sincera. Quizás se trate de un padre o una madre. Tal vez sea una relación importante en la que llevas años esperando una respuesta diferente.

Y cada vez piensas: “Quizás ahora sí. Tal vez, si me esfuerzo más, si encuentro las palabras correctas o si tengo un poco más de paciencia, esta vez será distinto”.

Pero el balde vuelve a subir vacío.

Esto no significa necesariamente que estés haciendo algo mal. A veces, la realidad más difícil de aceptar es que esa persona sencillamente no posee la capacidad, la disposición o la madurez necesaria para ofrecerte lo que estás buscando.

El problema no es que tengas sed. El problema es que sigues buscando agua en un pozo que no puede dártela.

En Jeremías 2:13, Dios describió la tragedia de su pueblo:

“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”.

El pueblo se había apartado de la única fuente verdadera de vida y había puesto su confianza en depósitos que nunca podrían satisfacerlo.

Siglos después, Jesús retomó esta misma imagen cuando dijo:

“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Jesús no promete simplemente aliviar nuestra sed por un momento. Él ofrece convertirse en una fuente interior, constante y suficiente, que ninguna persona ni circunstancia puede reemplazar.

El contraste no puede ser más claro: mientras las cisternas humanas se agrietan y se vacían, Cristo ofrece una fuente que nunca se agota. Sin embargo, muchas veces seguimos buscando en otras personas lo que solo Él puede proveer plenamente: identidad, seguridad, amor incondicional y un sentido firme de valor personal. Las relaciones humanas son importantes, pero nunca fueron diseñadas para soportar todo el peso de nuestra alma.

Permanecer atados a un pozo vacío tiene un costo. Nos mantiene emocionalmente ligados a alguien que quizá nunca cambie. Consume nuestra energía, influye en nuestras decisiones y nos impide reconocer las relaciones saludables que Dios ha puesto a nuestro alrededor.

La sanidad emocional comienza cuando dejamos de negar que el pozo está seco.

Esto no significa que dejemos de amar a las personas, de orar por reconciliación o de mantenernos abiertos al cambio. Significa que las liberamos de la responsabilidad de convertirse en la fuente de nuestra plenitud. Lloramos lo que no recibimos, perdonamos cuando es necesario, establecemos límites sabios y volvemos a la Fuente de agua viva.

Tal vez hoy necesitas preguntarte: ¿A qué pozo vacío sigo regresando?

Reconócelo. Llora lo que perdiste y suéltalo.

Luego vuelve tu corazón hacia Aquel cuyas aguas nunca se secan. Tu sanidad no vendrá de bajar el balde una vez más dentro de una cisterna rota. Vendrá al descubrir que, en Dios, el agua viva que has estado buscando siempre ha estado disponible.

¡Bendiciones!

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Lo que los japoneses pueden enseñarnos sobre la unidad

Durante el último Mundial de fútbol hubo una imagen que sorprendió al mundo. Al terminar los partidos, mientras la mayoría de los aficionados abandonaban el estadio, los seguidores japoneses sacaban bolsas de basura y recogían los desperdicios de las graderías. Lo hacían después de ganar… y también después de perder. Cuando les preguntaron por qué, respondieron con sencillez: “Porque esa es nuestra cultura.”

La cultura no se impone con anuncios; se forma mediante hábitos repetidos hasta convertirse en algo natural.  Se revela en lo que hacemos cuando nadie nos lo exige.

Eso mismo ocurre en la iglesia. Pablo nos exhorta en Efesios 4:3 a estar “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. La unidad no se mantiene por accidente. Debe cultivarse intencionalmente hasta hacerse parte de nuestra cultura.

¿Cómo se construye una cultura de unidad? Practicando tres hábitos sencillos pero profundamente bíblicos.

Primero, resolver los conflictos con prontitud. Jesús dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto…” (Mateo 5:25). El tiempo rara vez sana los conflictos; normalmente los agrava. Cuanto menor sea el tiempo entre el problema y la conversación, más saludables serán nuestras relaciones.

Segundo, rechazar el chisme. Proverbios 16:28 nos advierte: “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.” El chisme divide amistades, destruye la confianza y debilita el testimonio de la iglesia. Una manera eficaz de combatirla es preguntar: ”¿Ya hablaste con esa persona?” En una cultura de unidad no hablamos delas personas; hablamos con las personas.

Tercero, perdonar rápidamente. Efesios 4:32 dice: “…perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

Como el arte japonés del Kintsugi, donde una vasija rota se restaura con oro, la gracia de Cristo puede transformar las grietas de nuestras relaciones en un testimonio de restauración. Una iglesia que perdona no es una iglesia sin heridas; es una iglesia donde la gracia de Cristo es más fuerte que las heridas.

Cada conversación, cada conflicto y cada ofensa nos presentan una decisión: alimentar la división o proteger la unidad. La cultura de una iglesia no se define solo por lo que se predica el domingo, sino por lo que sus miembros practican cada día.

La unidad no debe ser algo que recordemos solo cuando surgen los problemas. Debe ser el ambiente que respiramos, el lenguaje que hablamos, un valor que protegemos y la manera en que vivimos juntos como el pueblo de Dios.

¿Qué clase de cultura estás ayudando a construir?

¡Bendiciones!

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¿Hace cuánto dejaste de creer que las cosas pueden cambiar?

La sorprendente lección de Hechos 3 para quienes llevan años viviendo con la misma limitación.
 

“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
Hechos 3:6

¿Qué esperaba el cojo aquel día? Exactamente lo mismo que el día anterior, la semana anterior, el año anterior… y durante más de cuarenta años: unas monedas para sobrevivir un día más.  Nada más.  Cuarenta años viviendo con la misma limitación habían reducido sus expectativas (Hechos 4:22).

¿No nos sucede lo mismo?

Quizás llevas años luchando con una enfermedad, una herida emocional, un matrimonio difícil o una situación económica que parece no cambiar. Tal vez has comenzado a creer que así será siempre. Has aprendido a sobrevivir, pero ya no esperas una verdadera transformación.

Eso era exactamente lo que vivía aquel hombre.

Entonces apareció Pedro y pronunció las palabras que cambiarían todo:

“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…”

¿Qué fue lo que Pedro le dio?

No fue dinero. Tampoco fue poder propio, porque más adelante Pedro aclaró que el milagro no ocurrió por su poder ni por su piedad (Hechos 3:12).

Pedro le dio una razón para creer que, en el nombre de Jesucristo, podía intentar lo que jamás había creído posible.

Le dijo: “¡Levántate y anda!” Y, tomándolo de la mano, lo ayudó a dar ese primer paso de fe.

Hoy quiero hacer algo parecido contigo.

No me comparo con Pedro ni pretendo tener su autoridad apostólica. Pero sí quiero animarte a poner tus ojos en el mismo Jesucristo que transformó la vida de aquel hombre.

Tal vez tus limitaciones sean físicas. Quizás sean emocionales, espirituales, familiares o económicas. Cualquiera que sea tu situación, no permitas que los años de lucha definan lo que Dios puede hacer.

Jesús sigue siendo el mismo. Él no ha perdido ni un ápice de Su poder ni de su compasión.

Él vino “a dar buenas nuevas a los pobres… a sanar a los quebrantados de corazón… a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18).

Hoy quiero prestarte un poco de mi confianza en Jesucristo. Tal vez hoy tú no tengas fuerzas para creer, pero yo sí creo que Él puede intervenir en tu favor. No importa cuáles sean tus limitaciones, cuánto tiempo hayas vivido con ellas o cuán imposible parezca tu situación.  La voz de Cristo para ti sigue siendo la misma:

“¡Levántate y anda!”

¡Atrévete a desafía tus limitaciones!

 ¡Bendiciones!

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¿Quién te dijo eso?

Después que Adán pecó, se escondió de Dios. Cuando Dios lo llamó, Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (Génesis 3:10).

Entonces Dios le hizo una pregunta profunda: “¿Quién te enseñó que estabas desnudo?” (Génesis 3:11).

En otras palabras, Dios le estaba diciendo: “¿Desde cuándo tu desnudez es un problema?”

El capítulo anterior termina diciendo: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Génesis 2:25). Adán siempre había estado desnudo. No tenía nada que esconder delante de Dios. No tenía nada que esconder delante de Eva. Vivía en libertad, transparencia e inocencia.

Pero ahora algo había cambiado.

El problema no era simplemente que Adán estaba desnudo. El problema era que alguien le había dado una nueva interpretación de su desnudez. Alguien le hizo creer que ahora debía sentir vergüenza, miedo y necesidad de esconderse.

Por eso la pregunta de Dios es tan importante: ¿Quién te dijo eso?

Dios no solo estaba confrontando la conducta de Adán. Estaba confrontando el origen de su creencia.

Y esa sigue siendo una pregunta necesaria para nosotros hoy.

¿Cuántas ideas hemos aceptado como verdad sin detenernos a preguntar de dónde vinieron?

Tal vez has escuchado pensamientos como estos:

  • “No puedes.”
  • “No eres suficiente.”
  • “Dios no te ama.”
  • “Nadie te quiere.”
  • “Nunca vas a cambiar.”
  • “Eres un fracaso.”
  • “Tu vida no tiene propósito.”
  • “Dios no puede usar a alguien como tú.”

Pero antes de aceptar cualquier pensamiento como verdad, debes hacerte una pregunta: ¿Quién me dijo eso?

Porque no todo pensamiento que pasa por tu mente viene de Dios. No toda voz que escuchas merece tu confianza. No toda idea que parece cierta está alineada con la verdad de la Palabra de Dios.

La manera más efectiva de combatir los pensamientos negativos no comienza simplemente tratando de ignorarlos. Comienza identificando su origen.

¿De dónde salió esta idea?
¿Quién me enseñó a verme así?
¿Esto viene de Dios o viene de una mentira?

Y después de identificar la mentira, debemos reemplazarla con la verdad.

Jesús dijo:

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32).

La libertad comienza cuando la verdad de Dios confronta la mentira que hemos creído.

Por eso, no basta con decir: “Voy a dejar de pensar así.” Necesitamos reemplazar la mentira con la verdad de la Palabra de Dios.

Por ejemplo:

  • Rechazo el pensamiento: “Dios no me ama”, con la verdad: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
  • Reemplazo la mentira: “No puedo cambiar”, con la verdad: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).
  • Resisto la idea: “Mi vida no tiene propósito”, con la verdad: “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

La mentira esclaviza, pero la verdad libera.

La mentira te empuja a esconderte. La verdad te llama a salir a la luz.

La mentira te define por tu vergüenza. La verdad te define por lo que Dios dice de ti.

Por eso, la próxima vez que un pensamiento venga a acusarte, limitarte o alejarte de Dios, no lo aceptes automáticamente. Detente y pregunta:

¿Quién me dijo eso?

Si no viene de Dios, no lo recibas.

Rechaza la mentira y reemplázala con la verdad de Su Palabra. Esta semana identifica un pensamiento que te ha estado limitando, busca lo que Dios dice al respecto, créelo y decláralo.

La verdad de Dios sigue haciendo libres a los que permanecen en Su Palabra.

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Cuando la paz de Dios saca tarjeta roja

 

Hay momentos en un partido donde todo se detiene.

El jugador avanza. La multitud grita. La tensión sube. Pero, de repente, después de una jugada brusca, el árbitro levanta la tarjeta roja.

En ese instante, ya no importa la emoción del jugador, la presión del estadio ni la opinión de la multitud. El árbitro ha decidido: ese jugador no sigue en el partido.

Esa imagen nos ayuda a entender una verdad espiritual muy profunda:

“La paz de Dios gobierne en vuestros corazones…”
Colosenses 3:15

La palabra traducida como “gobierne” lleva la idea de alguien que dirige, decide o arbitra. En otras palabras, Dios quiere que Su paz funcione como un árbitro dentro de tu corazón.

No toda puerta abierta viene de Dios.

Una oferta de trabajo puede aparecer de la nada: más dinero, mejor posición, más beneficios… pero sin paz.

Una relación puede llegar justo cuando te sientes solo: atractiva, disponible, emocionante… pero alejándote de tus valores y de tu caminar con Dios.

Un socio de negocios puede hablar de grandes planes, grandes números y grandes oportunidades… pero sin integridad.

No confundas una puerta abierta con una bendición. A menudo, la diferencia entre una bendición y una trampa es la paz.

Una bendición puede asustarte, porque quizá te reta, te saca de tu zona cómoda o te exige fe. Pero no va a inquietar tu espíritu de una manera profunda.

Una trampa, en cambio, puede emocionarte. Puede parecer perfecta. Puede tener buen aspecto, buen “timing” y buena explicación. Pero algo dentro de ti simplemente no hace “click”.  No se siente bien.

Muchas personas ignoran esa inquietud porque la oportunidad parece demasiado buena como para dejarla pasar. Y así es como algunos terminan en el matrimonio equivocado, el negocio equivocado o el lugar equivocado.

Pero también ocurre lo contrario.

Puede que la oportunidad que estás contemplando esté llena de obstáculos. No todo se ve fácil. No todo está claro. No todo el mundo lo entiende. Sin embargo, en lo profundo de tu corazón hay una paz que no puedes explicar. Una seguridad quieta. Una convicción serena.

Es como si Dios susurrara:

“Este es el camino, andad por él.” Isaías 30:21

 

Ahora bien, la paz de Dios nunca contradice la Palabra de Dios.

No estamos hablando de usar “siento paz” como excusa para desobedecer. La paz de Dios siempre trabaja en armonía con la Escritura, con el carácter de Cristo y con la dirección del Espíritu Santo.

Por eso, antes de caminar por una puerta, no preguntes solamente: “¿Está abierta?”

Pregunta también: “¿Tengo paz?”

Porque no toda oportunidad es una invitación. Algunas son trampas con buena iluminación.

Deja que la paz de Dios sea el árbitro. Y cuando esa paz saque tarjeta roja, no discutas la decisión. Detente.

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Cuidado con los que dicen: “Dios me dijo que te dijera…”

“Dios me dijo que te dijera…”

Probablemente todos hemos escuchado esas palabras alguna vez.

Tal vez vinieron de una persona bien intencionada. Quizás de un líder espiritual. O incluso de un amigo sincero que estaba convencido de que Dios le había dado un mensaje para nosotros.

Pero surge una pregunta importante:

¿Qué debemos hacer cuando alguien afirma hablarnos de parte de Dios?

El peligro de prestar nuestra conciencia a otra persona

Existe una diferencia entre recibir consejo y entregar nuestra responsabilidad de discernir. Dios puede usar a otras personas para animarnos, corregirnos, advertirnos o confirmarnos algo. Vemos ejemplos de esto a lo largo de la Biblia. Sin embargo, Dios nunca espera que suspendamos nuestro juicio espiritual simplemente porque alguien pronunció las palabras: “Dios me dijo”.

Cuando eso ocurre, corremos el riesgo de confundir la voz de Dios con la opinión de una persona. Y esa es una diferencia enorme.

Dios guía, pero no controla

Observe cómo Dios trata a sus hijos en las Escrituras: Él guía. Él convence. Él corrige. Él confirma. Pero no manipula. La voz de Dios produce convicción, no coerción. La dirección de Dios genera fe, no intimidación. Cuando alguien intenta presionarnos usando la autoridad de “Dios me dijo”, debemos proceder con cautela.

La Biblia nos manda a examinar

La repuesta bíblica no es aceptar todo ciegamente ni rechazarlo automáticamente. La reacción bíblica es examinarlo.

La Escritura advierte: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1).

También nos exhorta: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Dios espera que pensemos, evaluemos y discernamos.

La fe bíblica nunca es credulidad ciega.

 

¿Qué hacer cuando alguien dice: “Dios me habló para ti”?

Considere estos cuatro pasos prácticos:

  1. Llévelo a Dios en oración

Ore sinceramente: “Señor, si esto viene de Ti, confírmalo. Si no viene de Ti, muéstramelo.”  No tenga miedo de esperar. Dios no está apurado.

  1. Compárelo con la Escritura

Dios jamás contradice Su Palabra o Su carácter.  Cualquier mensaje que contradiga claramente las Escrituras puede descartarse inmediatamente. La Biblia sigue siendo nuestra autoridad final.

  1. Permita que el tiempo haga su trabajo

Muchas veces la verdad se confirma con el paso del tiempo. No toda decisión requiere una respuesta inmediata. El apuro suele ser mala consejera.

  1. Busque consejo sabio

No personas que intenten controlar su vida. Si no creyentes maduros que te ayuden a acercarte más a Dios, no a depender más de ellos.

Cuando Dios realmente habla

Cuando Dios dirige a Sus hijos, el resultado no es esclavitud sino libertad.  No nos sentimos manipulados. Nos sentimos guiados. No nos sentimos controlados. Nos sentimos llamados.  La voz de Dios nos conduce a Su presencia, fortalece nuestra fe y produce una confianza tranquila que descansa en Él.

Por eso, la próxima vez que alguien diga: “Dios me dijo que te dijera…”, no se deje intimidar por el lenguaje espiritual.

Escuche con respeto. Ore con humildad. Examine cuidadosamente.

Y recuerde: Dios es perfectamente capaz de confirmar Su voluntad a aquellos que sinceramente desean obedecerle.

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Como alcanzar tus Resoluciones de Año Nuevo

En nuestro escrito anterior, vimos que la razón por la cual muchas personas fracasan en sus resoluciones de Año Nuevo es porque cometen uno o más errores estratégicos a la hora de determinar la meta.
La otra razón por la que muchos fracasan en alcanzar sus metas es porque no tiene un proceso para darles seguimiento.   Fijar metas y alcanzarlos son dos procesos muy distintos que requieren habilidades distintas.   En el escrito anterior vimos el proceso de fijar metas.   En éste queremos enfocarnos en cómo alcanzarlas.
Comenzamos con una meta clara.  Si la meta  ha podido pasar el filtro de Mi Lista de Verificación de Metas  esto debe estar resuelto, y ya debes saber a dónde quieres llegar y para cuándo.
Lo siguiente en el proceso de alcanzar tus metas son las tres claves que tienes que tomar en cuenta: Mentalidad, Estrategia y Acción.   He capturado esto en otra plantilla que puedes descargar gratis haciendo clic aquí.
CLAVE #1: MENTALIDAD
“Si pierdes la motivación para perseguir tus objetivos, ¡necesitas ampliar tu por qué!”. —Michael Hyatt
¿Por qué quiero lograr esta meta?
¿Cómo cambiará mi vida si logro esta meta?  ¿Qué beneficios traerá a corto y largo plazo.   ¿Qué pasa si no lo logro?   ¿Cómo voy a celebrar cuando alcance la meta?  Sin duda ya habrás pensado en esto cuando fijaste la meta.  Aquí es donde lo vas a poner por escrito.   Anota 3-5 razones claves y luego ordénalos por orden de prioridad.   Créame, tener esta lista disponible y a la vista va a ser muy importante para mantenerte motivado y perseverando cuando vengan las dificultades.
¿Hay alguna duda limitante que necesito lidiar?
Las dudas limitantes son creencias  que  te dicen que sólo puedes hacer lo que tus circunstancias presentes permiten. Ejemplos típicos son:  No sé si puedo porque…
… soy demasiado viejo/joven
… no tengo un diploma
… no tengo tiempo
… no tengo capital;  “se necesita dinero para hacer dinero”.
… la economía no es buena; ¡la pandemia arruinó todo!
… ya lo intenté y no me fue muy bien
… ¿quién soy soy para intentar algo así?  (El llamado Síndrome del Impostor)
¿Cómo lidiar con las dudas limitantes?
Lo primero es  sacarlos a la luz.  Muchas veces estas ideas están escondidas en lo más profundo de  nuestro sub-consiente y nos controlan sin darnos cuenta.  Sácalos a flote:  ¿De dónde vino esa creencia?
Lo siguiente  es cuestionarla.  ¿Es válida? ¿Qué tal si esa creencia sólo está en tu cabeza?    Nunca olvido una vez cuando iba a estacionar mi auto en lo que pensé que era un espacio reservado para el gerente porque estaba en la sombra y justo al lado de la entrada del local comercial.  Además, había un guardia de seguridad parado justo al lado.  Pero, como no vi un letrero que lo prohibiera, decidí tomarlo.  ¡Nadie me dijo nada!  Todo eran ideas mías.   Ese fue el día que aprendí que el cielo no es el límite, ¡soy yo!
El tercer paso es reemplazarla con una afirmación positiva.    El Señor Jesús enseñó que “el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar…”  (Lucas 5:38).  En otras palabras, no puedes esperar resultados nuevos con la misma manera de pensar.     Déjeme darle un ejemplo personal:
Duda limitante:  ¿Quién eres tú para escribir un libro que impacte la vida de otros para la eternidad?
Respuesta:  “Soy un hijo de Dios con una perspectiva única y diferente en mis conocimientos, educación y experiencia y lo puedo comunicar de una manera que otros autores quizás no pueden.

CLAVE #2: ESTRATEGIA 
La Visión responde a la pregunta: “¿A dónde vamos?” .  
La Estrategia responde a la pregunta: “¿Cómo llegamos allá?”
Como ya te habrás dado cuenta, el simple hecho de haber generado una meta nueva para el Nuevo Año no garantiza resultados.   Se require un nuevo estilo de vida.  Los estilos de vida se basan en hábitos.  Si tu estrategia ha de ser efectiva debe estar enfocada en los nuevos hábitos  que vas a implementar que te lleven al logro de tu  meta.
También es útil preguntarnos  “¿Qué cosas pudieran descarrilar el proyecto?”,  e incluir en la estrategia las medidas necesarias para mitigar o superarlos.
 

El primer paso es el más difícil

CLAVE #3: ACCIÓN

“Ningún plan vale el papel en el que está impreso si no te lleva a hacer algo”.
William Danforth
 
¿Cuál es el primer paso?
Tu mayor reto es romper la inercia del “status quo”.   Toma ese primer paso en dirección a tu meta ¡ya!  Probablemente tengas dudas y preguntas.  ¡No importa!  Arranca de todos modos.  Comenzar crea el impulso que necesitas lo cual  es mucho más importante que las respuestas que estás esperando.  Muchas dudas se irán aclarando en  el camino.
“La persona que no toma el primer paso, jamás tomará la segunda.”  – Zig Ziglar.
En mi copia de la plantilla tengo esta nota para mí:  Wes, esto es para ti: el perfeccionista.  Recuerda: ¿el plan no tiene que ser perfecto desde el principio.   ¡Lo importante es que te pongas en movimiento! ¡Siempre puedes mejorar en el camino!   Recuerda la 1ra  Ley de Newton:  Un cuerpo en reposo permanecerá en reposo hasta que sea movido por una fuerza externa.   En otras palabra: ¡si nada pasa, nada pasa!
 
Ahora, armado con tu plan de ataque, pon tu meta escrita en un lugar prominente donde lo puedas ver o repasar diariamente y ¡ve por ella!
 
¿Qué meta vas a alcanzar ese año?  ¡DALE!
¡Bendiciones!

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Como confrontar con coraje

Imagine que eres un buzo profesional y que un día un enorme de tiburón de más de 4 m viene directamente hacia ti.  ¿Qué harías?
Esa pregunta se le hizo a Andy Casagrande,  un camarógrafo responsable de impresionantes imágenes de grandes y agresivos tiburones blancos.  Su respuesta fue sorprendente: ¡nadar directamente hacia el tiburón con su cámara!  Eso parece desencadenar una reacción defensiva instintiva en los tiburones. Según Casagrande, “La realidad es que si no actúas como una presa, no te tratarán como tal”.
No sé de ti, pero confrontar a otros es una de las cosas más difíciles para mí.   (¡A veces creo que preferiría confrontar al tiburón!).  Pero he aprendido que confrontar bien es esencial.  Primero, por que es un acto de amor, como lo vemos en esta poderosa cita:
Nada es más cruel que la indulgencia que abandona a otros a su pecado.  Nada es más compasivo que la severa reprensión que llama a otro… de vuelta del camino del pecado.  – Dietrich Bonhoeffer
Como dice Proverbios 27:6: Fieles son las heridas del que ama…
Y segundo, porque aprender a confrontar bien es crucial para el éxito.
“Nunca he conocido ni observado a una persona que ha dejado una estela verdaderamente exitosa que no confronte bien.  Los que no confrontan dejan mucho éxito sobre la mesa y también muchos líos a su paso”.
Esta frase del Dr. Henry Cloud en su libro, Integridad, el Coraje para enfrentar las Demandas de la Realidad, me hizo despertar a necesidad de aprender a confrontar y a hacerlo bien.  Quiero compartir lo medular de lo que he aprendido:
Por lo general, tenemos la tendencia a adoptar dos actitudes hacia la confrontación: huir o pelear;  pasiva o agresiva.    La pasiva, busca evitar a toda costa el conflicto tratando de agradar a la otra persona.  La agresiva, busca superar el conflicto dominando a la otra persona para conseguir lo que quiere.   Ambos son destructivos.  La persona pasiva elude problemas que necesitan ser lidiados y la  agresiva hace que los problemas se escondan al crear una atmósfera de temor.
Afortunadamente, existe una alternativa.  No tenemos que escoger entre dos extremos malos.  Podemos escoger ser asertivos.  Ser asertivo significa ser confiado y directo al reclamar mis derechos, presentar mis deseos o expresar mis puntos de vista de manera constructiva, sin devaluar las necesidades y deseos de la otra persona.
Ser asertivo es decir la verdad con amor.  Es enfrentar el problema de una manera que preserve la relación y la persona.   Es entender que el enemigo es el problema no la otra persona, por lo tanto soy duro con el problema y suave con la persona.  No es “tú contra mí” sino “tú y yo contra el problema”.  Confrontar = volver la cara hacia el problema.  Es nadar directamente hacia el tiburón.
El Señor Jesús es nuestro modelo:  Él estaba lleno de gracia y verdad (Jn.1:14).  Una y otra vez vemos en las Escrituras como él confrontaba a las personas con su pecado pero sin destruirlas como en el caso de la mujer sorprendida en adulterio ( Jn.8:11 ).
Iniciar una confrontación requiere tres cosas:  coraje, gracia y verdad:
  • Coraje para tomar la iniciativa de enfrentar el problema.  2Tim.1:7
  • Gracia para buscar el bienestar de la otra persona y preservar la relación. Gal. 6:1, Mt. 18.15.
  • Verdad  para comunicar claramente y sin ambigüedades lo que espero usando declaraciones en primera persona: “Me siento _______ cuando tú ________ porque  ________.  Lo que quiero es ______.”
Advertencia:  Esta fórmula funciona.  Pero si has estado por largo tiempo en una relación con una persona  acostumbrado a manejar las confrontaciones con un estilo agresivo, puede que necesites apoyo.  No temas buscar la ayuda de un amigo de confianza o coach.
Esto es un resumen de lo que he aprendido.  ¿Y tú, cómo manejas la confrontación? Déjame tus comentarios.
¡Bendiciones!
Wesley
¿Y tú, cómo manejas las confrontaciones?  ¡Déjame tu comentario!

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